JUGUETES ROTOS

Autor: Rafa Rubio

 

 

 

Yo cogí mi vaso, bebí un pequeño trago y continué hablando.

 

Hacía viento, mucho viento de un frente que provenía del desierto; al menos eso es lo que dijeron en las noticias de la televisión. Entonces entendí que el desierto podía ser un lugar realmente caluroso. Era junio y hacía un calor de espanto. No recuerdo exactamente la edad que teníamos, pero supongo que por ser corta di por sentado que el calor se debía al desierto y no al sol que lucía espléndido sobre nuestras cabezas. Como decía, el viento soplaba muy fuerte así que decidimos ir corriendo a la loma de la montaña  para comprobar la potencia con la que azotaba en lo alto. La explanada era una auténtica maravilla visual para nuestros jóvenes e inexpertos ojos: todo a nuestro alrededor se inclinaba hacia el mismo lado llegando casi a estar en perpendicular al suelo. Aún me extraña que ninguno de nosotros saliera volando, porque íbamos Manolito, sus dos hermanos pequeños, Fernando y yo. Manolito era el más grande de los cuatro. Me sacaba un año completo. Sus hermanos debían ser cinco y siete años más jóvenes que yo, y Fernando y yo no contábamos muchos más de diez. De todas maneras, esos son cálculos en la distancia, así que no estoy muy seguro de si son exactos. Fue un momento único en nuestras vidas. Los cinco allí con los brazos estirados inclinándonos a contra viento. Bueno, los tres más grandes, porque en algún momento Manolito tuvo que agarrar a los pequeños para que no salieran disparados. En un instante de locura Fernando y yo nos cogimos de la mano y saltamos alzando los pies por detrás del cuerpo e intentamos extendernos completamente pero mi cuerpo no lo soportó más y se desplomó. Te aseguro que por unos segundos volamos. Ese fue el último día que pude ver a Fernando.

 

Al volver a casa él tomó diferente camino y nunca más volvió.

 

Lo encontraron muerto. Con el culo reventado y el cuerpo lleno de piedras.

 

El padre empezó a investigar y descubrió que mucha gente importante del pueblo había estado montando fiestas en las que se practicaba la pederastia. Supo también que su hijo había ido recolectando una serie de juguetes de dudosa procedencia: balones de fútbol de primeras marcas, bicicletas y otras cosas por el estilo que un niño de su edad no debería tener y menos perteneciendo a una familia tan humilde. Nosotros habíamos jugado con esos juguetes en muchas ocasiones, y siempre nos decía que se los habían regalado. Jamás preguntamos quién porque dimos por supuesto que habían sido sus padres; de hecho nunca llegamos a pisar su casa, siempre venía él a buscarnos a la nuestra.

 

El padre acabó sabiendo demasiadas cosas. En un pueblo tan pequeño como el nuestro, donde gente tan importante estaba implicada, eso no es bueno y acabó siendo atropellado por un coche que se dio a la fuga. Nunca nadie buscó al conductor de aquel coche. Todo fue silenciado y en el olvido pareció caer aquella historia.

 

Pero no fue así.

 

Al cabo de unos meses al hermano del padre le tiraron un cóctel molotov en el coche y murió dentro calcinado. Abrasado por las llamas del temor que había creado al continuar con la investigación que había iniciado su difunto hermano.

 

A la madre le llegó un mensaje anónimo después de la muerte de su cuñado, donde se amenazaba su vida y la del hijo menor que le quedaba si algún miembro de la familia osaba seguir husmeando.

 

Y ahora sí, nunca más se supo.

 

Ella me miró, abrumada por la historia que le acababa de explicar. Encendió dos pitillos y posó uno de ellos sobre mis labios. Aspiró hondo sobre el suyo y me dijo mientras acariciaba mi pelo:

 

La verdad es que es una historia muy triste. Siento mucho que le sucediera a alguien tan cercano a ti.

 

Yo volví a beber de mi vaso. El violinista del traje viejo, azul marino, se volvió hacia mí y asintió, dándome a entender que me dedicaba la melodía que estaba tocando.

 

¿Sabes? –dije yo- nunca se lo conté a nadie pero en una ocasión Fernando me pidió que le acompañara a un lugar. Yo acepté sin preguntar. Siempre fui de los dos el más sumiso y él el más intrépido. Me llevó a un caserío de campesino que estaba la margen del río. No me extrañó porque era cerca de donde íbamos a buscar moreras para los cucos de seda. Antes de llegar al caserío había una llanera repleta de árboles y me ordenó que me quedara escondido sin que nadie me pudiera ver, entonces él encaminó hacia el casucho. Pero yo no le obedecí del todo aquel día y me acerqué a hurtadillas ocultándome entre los árboles, hasta que al final pude llegar a los pies de una ventana que presidía la fachada en uno de sus laterales. Me subí con dificultad a las vetustas ramas de uno de los árboles y pude espiar a través de la ventana. Y allí estaba Fernando, hablando con unos hombres, mientras uno de ellos le acariciaba la cabeza.

 

Estuve poco rato observando porque todo me pareció muy extraño, así que decidí volver al sitio donde Fernando me había mandado esperarle hasta que, poco después, apareció él y nos marchamos.

 

No me explicó nada.

 

Yo tampoco pregunté.

 

En aquel momento nunca pensé que aquello tuviera que ver con los juguetes. Ya he dicho que estábamos convencidos de que se los regalaban en casa.

 

Después, cuando lo encontraron asesinado, sentí tanto temor al pensar que pudieran haberme visto aquel día que decidí callar para siempre; más cuando empezaron a encontrar a sus familiares muertos. Nunca quise estar seguro de que esa gente tuviera algo que ver con todo aquello, pero está claro que así había sido.

 

Han pasado veinticinco años. Y ahora, después de todo este tiempo, he vuelto a ver a aquellas dos personas en infinidad de ocasiones. Pertenecen a familias conocidas de esta, antes pueblo, ahora ciudad.

 

¿Sabes?

 

Las cosas no son como antes, el tiempo ha empezado a correr.