RELATOS H-HUMOR

 

Charla con el Diablo

 por Antonio M. Jiménez

 

 

 

El coche paró frente al porche de la casa envuelta en una niebla que no hacía presagiar nada bueno a quien tuviese la fortuna o la desdicha de pasar cerca de ella. La visión de aquella estructura de madera, con ventanas como ojos, entre tal acumulación de niebla y árboles, parecía dar la impresión que estuviese rodándose una película de terror, pero, como estaba a punto de corroborar el recién llegado, la realidad siempre acababa superando a la ficción.

            La puerta derecha de atrás se abrió, dejando paso a un hombre totalmente vestido de negro y con un sombrero que le cubría la cabeza. Agarró con fuerza el maletín que llevaba en una de sus manos, y le devolvió la mirada a la casa, la cual no se acobardó ante su presencia, aunque el hombre, pensó, que debía hacerlo.

            Cerró la puerta en cuanto hubo salido del vehículo, sin dejar de observar la casa, en especial, una de las ventanas de uno de los pisos superiores de la casa, que parecía desprender una extraña energía que podía percibir incluso desde donde se encontraba. El coche se puso en marcha a los pocos minutos, el hombre saludó levemente con la cabeza al conductor en la negrura nocturna, y caminó hacia la puerta de la casa, que estaba al cruzar un elegante y cuidado porche.

            Pegó dos golpecitos en la puerta, la cual se abrió al instante; una mujer le recibió, con una pequeña sonrisa, y le invitó a entrar con un gesto amable. El hombre la saludó, quitándose el sombrero, y observó que presentaba unas voluminosas ojeras y un aspecto cansado; daba la impresión de tener veinte años más de los que realmente poseía.

            -Buenas noches, padre Trejano.

            -Buenas noches, señora Martín- el cura esperó a que la mujer cerrase la puerta-. ¿Está su marido en casa?

            -No quería estar aquí para verlo- la mujer miró de arriba abajo al hombre santo; parecía tener cuarenta años, y aparentar mucho menos. Sus pocas canas le hacían atractivo y a la vez le conferían un aspecto solemne y decidido.

            -Mejor, puesto que no va a ser agradable- el cura se quitó la chaqueta que llevaba, dejando a la vista sus ropas de la iglesia.

            -Permítame, padre- Sonia Martín tomó entre sus manos la chaqueta y la colgó en el perchero que había cerca.

            -Llámeme Lázaro, señora Martín. La confianza es primordial en estos casos- un rugido proveniente de la parte superior de la casa le hizo mirar hacia la escalera que conducía a ella-. Sabe que estoy aquí.

            -No entiendo cómo es eso po...- la mujer se calló; hacía meses que ya creía en lo imposible.

            -Hoy hablé con el padre Velasco en el hospital. Me ha dado fuerzas para esta noche, las que no tuvo él para poder con esta presencia que acosa a su familia, señora Martín... Sonia.

            -Siento tanto lo que está pasando- Sonia intentó llorar, pero no le quedaban lágrimas.

            -No ha sido culpa suya, Sonia. La hermana Laura seguro que nos está viendo desde el Cielo. Su sacrificio no fue en vano; murió intentando ayudar a su hijo, y eso no es poco.

            -Usted es nuestra última oportunidad- confesó la mujer-. El padre Velasco nos dijo que... Bueno, que tú, Lázaro, eras el mayor experto en estas cosas en España.

            -Lo que diga Velasco es todo un halago para mí, pero no suelen darme demasiada publicidad. Lo que está pasando aquí, se mantiene oculto desde hace miles de años, porque él lo ha provocado, porque él lo quiere... Porque su mayor truco es haber conseguido que su existencia sea negada.

            Un nuevo rugido les llegó desde arriba. Sonia ya estaba acostumbrada a ellos, pero le sorprendió ver que el padre Trejano ni se inmutaba. El cura advirtió el asombro de la mujer, aunque hubiera sido ínfimo.

            -Tengo cierta experiencia con él, Sonia. ¿Le ha dicho a su hijo algo sobre mi venida?

            -Nada.

            -¿Ninguna cosa? ¿Por mínima que sea?

            -Nada- repitió-. No va a salir mal por mi culpa, eso seguro.

            -Debo repetirle lo que ya hablamos por teléfono, Sonia- el cura la miró con cierta intranquilidad-. Si no consigo vencer a la presencia, me temo que lo único que queda es...

            -Hágalo- decir aquella palabra fue lo más duro que tuvo que hacer nunca Sonia Martín en su vida-. Hágalo, y acabe con todo esto. No podemos más.

            -No se derrumbe ahora, y condúzcame hasta arriba. Es la hora.

            La mujer asintió, y comenzó a subir las escaleras hasta el piso de arriba, mientras Lázaro le seguía. Sus ojos, que habían visto tantos milagros y horrores, disfrutaban de la exquisita elegancia que poseía la casa por dentro, mezclando objetos decorativos de lo más moderno, con un estilo rustico bastante hogareño.

            Llegaron hasta uno de los dormitorios de aquella parte de la casa, el más grande junto al de los padres, en la parte de abajo. Sonia abrió la puerta, y ofreció entrar al cura.

            -¿No va a entrar conmigo?- preguntó Lázaro.

            -Quiero recordar a mi hijo tal como era- las lagrimas surgieron al fin-. Se llama usted Lázaro; espero que los milagros le acompañen.

            Cerró la puerta y dejó dentro de la habitación al cura, quien se volvió para contemplar al motivo de su visita, tumbado en una enorme cama de matrimonio que ocupaba buena parte de la habitación.

            El cuarto olía a excrementos tostados por el sol, sangre, carne podrida, enfermedad, y maldad; sobre todo, a maldad, pura, simple, primigenia, oscura, aterradora, y atrayente. Lázaro supo al instante que, la practica totalidad de aquellos olores venía de debajo de la robusta colcha que cubría gran parte del cuerpo del niño, del cual solo veía la parte superior de su cuerpo.

            Miguel Martín, de tan solo siete años de edad, saludó al cura con un siseo animal desde donde estaba. Las correas que le sujetaban las manos eran del mismo tipo que las que le agarraban los pies. Su aspecto estaba lejos de ser el de un niño de siete años normal y corriente; ni siquiera parecía ya el mismo chico que Lázaro había visto en las fotos del piso de abajo. Su cara estaba llena de cortes, heridas, pústulas; la tonalidad de su piel era entre grisacea y amarilla; sus dientes eran más bien astillas y colmillos rotos que se clavaban en sus labios agrietados; sus ojos estaban inyectados en sangre, y se encontraban a millones de años luz de pertenecer a un niño corriente. Eran los ojos de un mal llegado de otro lugar, más tenebroso, siniestro, e impensable para el ser humano.

            Lázaro Trejano expulsó una bocanada de aire al respirar, y el vaho que echó le indicó, por si no lo hubiera hecho ya su cuerpo, el frío que hacía en aquella habitación, en realidad, un trocito de infierno en el mundo de los hombres. Dejó su sombrero encima de un mueble cercano, caminó hasta una silla puesta justo al lado de la parte derecha de la cama, y se sentó en ella, sin soltar su maletín.

            -Buenas noches, Miguel- saludó Lázaro ajustándose sus gafas.

            Otro siseo fue la única respuesta de la criatura.

            -No es de buena educación ignorar a tus mayores, chico.

            -Aquí ya no hay ningún chico- gruñó el ser, mirando directamente a los ojos del hombre-. Miguel no está aquí. Está muerto, corroído por gusanos y cucarachas.

            -Tú eres Miguel, sin ninguna duda.

            -¡A Miguel lo están violando en el infierno, asqueroso!- el monstruo rió como un loco, mostrando el agujero negro que era su horrenda boca-. ¡Miles de pederastas le están haciendo guarradas, padre! ¿Qué tiene que decir a eso?

            -¿Me estás diciendo que Miguel está muerto? ¿Y que tú no eres él?- Lázaro se lo tomaba con mucha calma-. No te creo.

            -¡Jodete tú y tus creencias!

            -Jodete tú, perdedor- Lázaro lo dijo con toda la tranquilidad del mundo.

            La cosa que usaba el cuerpo de Miguel abrió los ojos, con una pizca de sorpresa; las mujeres y hombres de Dios que habían ido a verle nunca habían reaccionado así, al menos, tan pronto y con tanta seriedad.

            -No eres un cura normal, asqueroso hombre de Dios- admitió el monstruo.

            -Se hace lo que se puede, pero sigues sin responder a mi pregunta.

            -¡Sí! ¡Miguel está muerto, y ahora su cuerpo es mío! ¡Así soy de poderoso!

            -¿Por qué no actúas sin tu cuerpo si eres en verdad tan poderoso?

            -Tu mente no lo soportaría- nuevas risas salidas de la garganta seca del ser-. Te arrancarías los ojos, llorarías sangre, sudarías pestilencia, y te apuñalarías la garganta con tal de no seguir mirándome.

            -He pasado tardes así cuando estaba casado.

            -Tus bromas no servirán de nada; el chico está muerto.

            -¿Muerto? ¿Y porqué sigues en su cuerpo?

            -¡Porque ahora es el mío!

            -¿Tan poderoso eres que te metes en cuerpos de niños?- Lázaro sonrió con superioridad; el niño poseído no borró su sonrisa demoníaca.

            -No va a funcionar eso, cura.

            -Entonces, Miguel no está muerto, y tú eres un mentiroso demonio que posee cuerpos de niños pequeños porque eres una patética criatura del infierno. Si no eres Miguel... ¿Quién eres?

            -Soy el que soy.

            -Tú no eres Dios, criatura.

            -¿Y si lo fuese? ¡Menuda sorpresa, cura! ¡Un dios que acaba en cuerpos de niños, y los somete a las más horrendas torturas!- el engendro escupió un gargajo asquerosamente verde encima de la colcha.

            -Te he dicho que me digas tú nombre, demonio.

            -¡Soy el Diablo!- más risas histéricas-. ¡Soy Lucifer! ¡Soy Satanás! ¡Soy Legión! ¡Soy Belcebú!

            -La de veces que habré oído eso...- Lázaro se agachó, abrió el maletín, y sacó una pequeña botella transparente con agua dentro; con cuidado, la examinó gracias a la luz de la única lámpara que había encendida en la siniestra habitación-. ¿Quién eres? Última oportunidad, demonio.

            -¡Soy la puerca de tu madre, cura!

            El padre Trejano se levantó, abrió la botella, y la esparció, poco a poco, por la criatura que decía ser un niño, el cual empezó a retorcerse de dolor, como si estuviesen quemándole con una atizador al rojo vivo. Su cuerpo empezó a expulsar una especie de humo, como si, efectivamente, estuviera quemándose, pero ninguna herida física se expresaba por ninguna parte; el cura estaba hiriéndole de manera más interna, en su propia esencia, podría decirse.

            -¿Estás más colaborador? Puedo pasar todo el día así- Lázaro paró de echarle agua bendita.

            -Es toda una delicia esa agua consagrada, cura- se relamió el demonio, a pesar del dolor que sentía-. ¿Nada de recitarme versículos de ese panfleto que tenéis los violadores de niños de la iglesia? ¡Me encanta escucharlos!

            -Yo no uso eso- el cura se sentó de nuevo mientras cerraba la botella de agua bendita-. ¿Cómo te llamas?

            -Soy Belial, Hijo Oscuro, consagrado por los nueve círculos del infierno.

            -¿Qué haces dentro del cuerpo de este niño?

            -Ir al colegio... ¡Qué cojones crees que hago, cura!- el demoníaco infante echó la cabeza hacia atrás, y soltó un potente eructo que llenó la habitación de un olor apestoso; volvió a mirar a Lázaro directamente a los ojos; el cura apenas se inmutó-. ¡Voy a hacer sufrir a esta ladilla humana en lo más profundo del averno! No, el niño no está muerto, pero le falta poco para estarlo. O hago yo el trabajo, o lo hace su madre. He visto como me mira, y ya no ve en mi a su hijo. He leído lo que piensa, y por su mente pasa continuamente la idea de dormirme, una almohada... E incluso, he logrado ver una cerilla, y el cuarto cerrado... ¡Todo un delicioso manjar, cura! ¡Una pobre madre matando a su primogénito! ¡Dios debe estar revolviéndose en su trono celestial!

            -Mucho rollo para tan poca mierda, demonio- escupió Lázaro; era la segunda vez que Belial se asombraba ante el comportamiento de aquel humano-. Me han enviado para sacarte del cuerpo del chico, y voy a hacerlo, pero antes tengo que hacerte un par de preguntas.

            -¿Interés personal, cura?

            -Algo parecido; placer y trabajo, tú ya me entiendes.

            -¡Me gusta esto! Eres original...

            -Nunca me han llamado eso- Lázaro sonrió, socarronamente-. ¿Quién es tu padre?

            -¡El tuyo! ¡Arde ahora en el infierno, junto a la guarra de tu madre!

            El padre Trejano se levantó, con la botella en alto, listo para abrirla y esparcir su contenido sobre el cuerpo del chico. El techo se resquebrajó de golpe por varias partes, como si unas enormes manos invisibles lo hubiesen golpeado.

 

 

            -Si vuelves a intentar dañarme, te mostraré mis poderes, cura- amenazó Belial.

            -Yo te mostraré los míos- el cura lanzó agua bendita contra el demonio, al que hizo chillar de dolor nuevamente-. ¡Mi padre fue poseído por una boñiga como tú! ¡Lo maté yo mismo cuando tenía quince años! ¡Lo logré justo después de que matase a mí madre! ¿Piensas que te tengo miedo?

            Lázaro puso la botella justo encima de la cabeza del niño, y vertió todo lo que quedaba en ella, bañando su cabeza por completo. El humo que salía de su cuerpo hacía casi imposible ver nada en el cuarto. Los aullidos de agonía de Belial estaban lejos de ser humanos. Sonia Martín tuvo suerte de que no hubiese nadie en kilómetros a la redonda que oyese aquellos gritos.

            -¡Yo soy la ira de dios, demonio!- gritó Lázaro, quien parecía totalmente poseído-. ¡Soy el brazo armado de nuestro Señor! ¡Soy la cólera de San Miguel! ¡Soy la espada de fuego de Gabriel!

            Sacó una cruz de madera del maletín, justo cuando la criatura se abalanzaba contra él a pesar de sus ataduras. Trejano aplastó la cruz contra la frente del chico, provocándole, esa vez sí, heridas físicas.

            -Soy la mala leche de dios, escoria, y voy a mandarte al infierno de vuelta.

            Mientras el demonio dejaba de chillar y se calmaba, Lázaro limpió la cruz, arrancó la piel del chico que se había pegado a ella, y guardó la botella vacía de agua bendita. Cuando el humo le dejó ver de nuevo completamente, siguió con su conversación con el demonio.

            -¿Quién es tu padre, gusano?- volvió a preguntar.

            -Satanás en persona, cura- Belial pretendía transmitir miedo, pero en realidad, era porque él lo sentía, por primera vez en sus miles de años de vida-. No vas a ganar esta batalla, y tu raza no ganará nunca la guerra. Nos comeremos vuestras almas.

            -Antes me comeré yo la tuya. ¿De dónde vienes?

            -Del infierno, por supuesto.

            -¿Dónde está el alma del chico?

            -Aquí, conmigo. A veces le escuchó suplicar; llora, y llama a su mami- Belial captó el furor de frustración en los ojos de Lázaro-. Eso te pone furioso, cura. ¡Al fin algo que te hace rabiar!

            -¿Tengo que meterte la cruz por donde no te da el sol?

            -Quizá salga Miguel justo en ese momento- nuevas risotadas salieron de la garganta del chico poseído-. Ya te he respondido. ¿No hay más preguntas?

            -¿Por qué no le dejas ir?

            -¡Porque soy un demonio! Es lo que hago, es lo que soy, y es lo que debo hacer. La naturaleza de cada uno...

            -El libre albedrío...

            -¡Eso es una tontería que se ha inventado el de arriba para que os creáis que tenéis opción! En realidad, no la tenéis, todo está escrito, como el final de esta conversación- la criatura pasó su destrozada lengua por sus secos labios, mientras se inclinaba hacia delante, todo lo que podía-. Sabes que es así. O matas al chico y vuelvo al infierno, o la cosa va a acabar muy mal, tenlo por seguro.

            Lázaro se removió en su silla; empezaba a pensar que Belial tenía razón.

            -¿Lo hueles, Lázaro? Es el olor de la derrota, mezclado con la bilis del cuerpo de este chico que se cae a pedazos gracias a mí. Te conozco, he ahondado en tu alma, y eres como yo; te han escogido por naturaleza, y aquí estás, dando guerra a los que son como tú, a tus hermanos... ¡A mí!

            -Calla, basura, antes de que pierda la paciencia.

            -¿Y me matarás? ¿Al chico? ¿A su madre?- las ataduras del demonio empezaron a soltarse levemente, de manera imperceptible-. Puedo librarme de lo que me aprisiona cuando quiera. Tras matarte, voy a violar a la madre de esta cagarruta con su cuerpo, voy a esperar a que venga el padre, y voy a destrozarlo con... ¡Mis propias manos!

            Belial se lanzó contra Lázaro en cuanto se hubo quitado las correas. El cura reaccionó velozmente, y le sacudió un fuerte puñetazo al niño-demonio, devolviéndolo a la cama. Belial miró con furia al cura, y volvió a arrojarse contra él.

            -¡Voy a arrancarte las tripas! ¡Voy a devorar tu pútrida alma!- Belial lanzaba espumarajos encima del cura; los dos estaban sobre la cama, peleando y gruñéndose, como dos perros salvajes en plena disputa por un hueso reseco-. ¡Voy a violar el cadáver de tu madre, cura! ¡Has matado al niño! ¡Tú le has matado!

            -¡El poder de Cristo te obliga!- Lázaro golpeó la cara del niño con la cruz que aún tenía en una de sus manos; varios dientes del chico saltaron por los aires-. ¡El poder de mi Dios te obliga, demonio! ¡La furia de los ángeles te obliga!

            El demonio se revolvió, todo uñas, dientes, y furia asesina en su rostro aniñado deformado por el espíritu que tenía en su interior y los golpes del hombre santo que le combatía. Una patada de Lázaro en pleno estomago de su enemigo, le hizo caer al suelo; el cura se puso encima de él, sin dejar de golpearle con la cruz de madera.

            -¡El espíritu del arcángel Miguel te obliga! ¡La última temporada de “Perdidos” te obliga! ¡La crisis te obliga! ¡Papá Noel te obliga!

            El último y fuerte golpe con la cruz, la rompió en dos pedazos; varias astillas se le clavaron en la mano a Lázaro. Se dio cuenta que le sangraba, debido a la fuerza con la que había estado golpeando al demonio.

            -Yo... te... obligo... ¡Demonio!

            Lázaro acercó su cara a la del chico, aplastó su frente contra la suya, aguantando el aliento infernal del ser y, tras un grito que hizo temblar toda la casa, hasta el punto de resquebrajar varias partes de la misma, el niño se desmayó. Ya en el suelo, poco a poco, empezó a recuperar la humanidad de sus rasgos; el demonio había sido expulsado de su cuerpo.

            Lázaro se levantó, con sumo esfuerzo; los momentos posteriores a un exorcismo de los suyos eran los peores, pues sentía al demonio fresco dentro de él, revolviéndose por sus entrañas, por su estomago, acariciando su misma alma... No sería el primero, ni el último, como no lo había sido el anterior, ni el anterior, ni el anterior.

            Se secó el sudor de la frente, sacó una cerveza que llevaba preparada en el maletín para después del exorcismo, la abrió, y la bebió con agrado. Dentro de él, Belial, junto a numerosos hermanos suyos, se removía, inquieto, sabiendo que aquel iba  a ser su minúsculo infierno para siempre jamás.

            O hasta que, uno de sus centenares de hermanos, acabase matando a Lázaro Trejano, exorcista con ciertas particularidades que le hacían diferente a todos los demás.