Un cielo entre azul y azabache

 

Darío Vilas y Rafa Rubio

 

 

El cielo de media tarde, limpio y azulino, cubre mi momento de sosiego como un manto de sutil pureza que enmarca a la perfección este instante de belleza y cariño contenido. Silencio en medio de una ciudad que nunca duerme del todo, cuyo movimiento se transmite por la arterias, llegando a invadir cada rincón de mi ser hasta el punto en que tengo que correr para liberarme del nerviosismo que me contagia. Pero hoy no.

 

            Hoy estoy tumbada, relajada, con la cabeza apoyada en tu regazo mientras me miras con suma ternura y acaricias mi rostro suavemente, transitando cada rincón de mi piel, como queriendo memorizar todos mis rasgos. El olor de la hierba que nos rodea lo invade todo y nos sumerge aun más en un estado de paz abrumadoramente insólito en el marco de esta urbe enloquecedora. Te observo mientras me recorres, con esa mirada intensa de muchacho taciturno que siempre te acompaña, pero que ahora transmite todo el sosiego que mi alma necesita. No te amo, pero te quiero muchísimo, y tú albergas el mismo sentimiento, a pesar de que nos conocimos hace relativamente poco.

 

            Por un momento suavizas todavía más tus caricias, cuando pasas el dedo cerca de la contusión que rodea mi ojo izquierdo. Tu expresión cambia levemente, mostrando algo de preocupación, pero la corriges de inmediato cuando compruebas que me he percatado de ello. Me sonríes. Esa sonrisa puede consolar a cualquiera, pero es muy cara de ver. Siempre te pregunto por qué estás tan melancólico, pero me respondes con evasivas, diciendo que tu rostro nunca plasma en absoluto los sentimientos que realmente tienes. Pero no te creo, y sé que en el fondo te acompaña una constante opresión en el pecho con la que ya te has acostumbrado a convivir.

 

            Escucho el canto de un pájaro y te pregunto cual es. Me respondes que no tienes ni idea, pero ya no te escucho, porque ese sonido me ha ido sumiendo lentamente en un plácido sueño.

 

            “Corro por una playa de arena limpia y mar cristalino. Las gaviotas vuelan ajenas a la felicidad que desprendo, mientras mis pies se hunden en las finas partículas de roca erosionada. Me adentro en el mar, que me acoge con un furor sin violencia, adornado por la espuma blanca que representa la pureza de un día, una hora, un minuto y un segundo que quedarán grabados a fuego en mi memoria. Nado lentamente hacia el horizonte, y cuando me he alejado suficientemente de la orilla me vuelvo hacia el sol con los ojos cerrados. Y floto.”

 

            Me despierto con mucha tranquilidad, progresivamente, comprobando que todavía sigues ahí, y no has dejado de observarme con ese afecto que jamás he comprendido de dónde proviene.

 

            Poco a poco, comienzo a enfurecer.

 

           

La candidez de las formas, entresijos de la mente que atesora vestigios de algo que no funciona. El aroma de las flores, son situaciones de un amor bastardo de burdo origen circunstancial, interesado, no, no tiene nada que ver con la belleza de las cosas. Un estruendo de palabras sin sentido, de pensamientos de débil consistencia que endurecen con el paso del momento. Mírame. ¿Puedes notar el rugir de mi animadversión aproximándose al sentido de tu sensatez? ¿Puedes escuchar el fluir de mi desprecio hacia la hermosura ficticia que me ofreces? Mírame y no apartes los ojos de mí. Que vengo.

 

El tintineo de una campana que me impulsa hasta lo más absurdo del conocimiento racional. Movimientos de dudosa existencia que ejercen de dictadores de mi cuerpo. Un clamor sordo que emerge de lo más oscuro de mi raciocinio, y se instala en lo más profundo de mi interior, recorre mi espina dorsal reactivando todos mis conductos nerviosos, erizando mi bello, apretando mis puños, golpeando lo que más quiero. La sangre brota de mi funda material, esta masa que me esclaviza aprisionada en sus paredes, límites cochambrosos que nunca me han pertenecido, denostados de toda voluntad ateniente a mi corriente mental.

 

El cielo es negro, así es como siempre lo he deseado, libre de artificiales cabriolas de seres danzantes de insulsa presencia. El olor amargo de lo putrefacto versus la inigualable aceptación de la fragancia excelsa. Mi coño huele a vida. Tu cara huele a mierda. A caramelos de mierda. La muerte de todo aquello en lo que has creído. La devastación de todo aquello que siempre te han enseñado. La bondad de la gente, la humanidad de la especie, me la paso por el coño, ¿te he dicho que mi coño huele a vida? Ahora pensarás que soy soez, que soy mal hablada, que mi recurso fácil es la palabra mal sonada, que es muy sencillo ser desagradable. ¿Y? Negro y escarlata, con sabor a tenebrosidad profunda, adentrándose en las fauces de un ser sin rostro de dos cabezas, ¿lo entiendes?, no tienes ni puta idea de lo que te estoy hablando, ahora júzgame por lo que soy y no por lo que digo. ¿Me sigues queriendo?, ¿continúas amándome? Yo sí, locamente, cielo, locamente.

 

Existen, en algún sitio, unos ojos inocentes que desconocen su culpabilidad, la ingenuidad que los alimenta es proporcional al destello de la ignorancia que la mantiene bloqueada. No me pronuncio acerca de cuevas, ni laberintos, ni de disparatadas patrañas de corte existencial, no. Te estoy hablando de odio, de odio y oscuridad. Te estoy diciendo que te detesto, y que espero que te quede claro. Que cuando concluya con este escrito, reflexiones y dictes un juicio, que reflexiones y tengas los santos cojones de explicarme qué coño has leído. Que sientas por mí, el mismo asco que siento yo por ti.

 

Mírame. ¿Todavía crees que puedo llegar a ser una buena persona?

 

Te estaré vigilando.