Un cuento del mundo de los sueños

Por Laura López Alfranca

 

 

-Abuelita, ¿me cuentas otro cuento? -pidió la pequeña con los ojos bien abiertos y sonriendo a la anciana con picardía. Aleba, que era como se llamaba esa mujer entrada en años, acarició la frente de su nieta con ternura.

-Claro, ¿qué te gustaría oír, Nili? -preguntó mientras hacía crujir sus huesos. Estaba cansada, pero debía aguantar, debía hacerlo por su bien.

-Uno que te guste mucho -ante aquella providencial respuesta agitó sus alas blancas y arrugadas por la edad. Observó las paredes verdes hechas con musgo y tallos de flores y, después, empezó a relatar su historia favorita

 

<<Orfeo es nuestro señor: se le llama el tejedor de historias y engaños. Los habitantes de otros reinos le tienen miedo, temen sus mentiras y sus poderes… pero para nosotros nunca ha habido otro monarca mejor.

Fue hace mucho tiempo, cuando se sintió solo, creó al primero de los nuestros. Le concedió el poder de crear cuentos para las estrellas durmientes, a maquinar pesadillas y crear maravillas. En muchos aspectos no eran diferentes y pronto, las dos criaturas se hicieron muy amigas… pero tal y como el tejedor se sintió, su criatura deseó tener a su lado una compañera.

Nuestro señor no se negó, por lo que le entregó lo que el hombre pidió: una igual, alguien con quien formar una familia y que le completara. Orfeo fue tan escrupuloso en la creación de aquella mujer, que su amigo no tardó en sentirse molesto con esta. La criatura era independiente, no necesitaba del hombre salvo contadas ocasiones, era demasiado masculina… y aquello no le gustaba.

El monarca, entonces, creó una segunda mujer… una criatura tierna y delicada, frágil y necesitada siempre de protección. Aquella nueva creación, aunque aguantó más que la anterior, no tardó en cansar al ser. Orfeo no sabía qué era lo que de verdad deseaba su amigo, por lo que pidió ayuda al rey Oberón, más acostumbrado a tratar con seres tan peculiares como aquellos.

Le explicó que, en verdad, sus criaturas necesitaban algo que no les era conocido, que fuera complejo y simple, que se asemejara a ellos y se diferenciara lo suficiente para sorprenderle… el tejedor estaba perplejo, pero había encontrado una solución. Si una criatura voluble no sabía qué deseaba, entonces le entregaría a otro ser tan cambiante como él. Aunque esta vez, en vez de crear un nuevo ser, cogió a las dos criaturas femeninas que había formado y las unió en un solo cuerpo.

Pero tristemente, su criatura se había marchado. Muchos creen que se convirtió en una estrella durmiente, otros en una pesadilla… lo que pasó poco nos importa, porque nada tiene que ver con nuestra historia. Salvo porque su marcha dejó apenado al monarca, creyó que nunca podría encontrar a alguien que ocupara el lugar vacío.

En parte tuvo razón, ya que nada es capaz de llenar el hueco que ha dejado alguien que amamos… pero al final, aprendemos a convivir con esa falta, acordándonos de los buenos y los malos momentos. Nadie sustituye a esa persona y nadie busca ocupar ese lugar. Eso fue lo que le dijo aquella extraña mujer cuando intentó acercarse a él y la rechazó; algo que intrigó a Orfeo hasta el punto de interesarse por ella.

Poco a poco, el tejedor volvió a crear y sonreír gracias a su amiga, por lo que con las palabras más hermosas y su corazón, creó unas preciosas alas para nosotros. No son como las de las hadas, mi niña, si te fijas atentamente en nuestras venas, en los bordes de estas, podrás ver las palabras que nos definen como personas, las que nuestros padres eligen para darnos un buen futuro y las que algunos, cuando no tienen alguien que se las dé, las escogen… a veces para bien y a veces para mal.>>

 

-¿Entonces sólo los que quieren tener las alas malas son los que no tienen padres? -le interrumpió ella.

-No, hay personas que buscan más poder y reniegan de las palabras regaladas por sus padres para buscar las suyas propias… a veces buscan palabras hermosas y otras terribles.

-¿Hay papás que regalan malas palabras a sus hijos? ¿Por qué?

-Nadie lo sabe.

-Creía que lo sabias todo abuela -murmuró molesta.

-No, nadie, ni siquiera los monarcas de cada reino, conocen todas las preguntas y sus respuestas -explicó estremeciéndose. Si ella supiera, si comprendiera…

 

<<Como te decía, nuestras alas nos dan el poder de tejer historias. No hacemos la misma magia que las hadas, son dos tipos muy diferentes... pero debes recordarlo, nadie es inferior a otra persona. Ni los reyes, ni las estrellas durmientes, pueden obligarte a hacer algo que no deseas. Pero eso mi niña, es alejarnos del cuento y debemos regresar antes de que se ponga celoso.

 

Al final, después de toda su ayuda, del tiempo que pasaron juntos… Orfeo empezó a amar a la mujer que había creado, tal y como debería haber hecho su amigo. Pero preocupado ante las historias que había escuchado de lo volubles que podía ser cualquier criatura, aunque él no se incluyera, decidió probar el amor de aquella creación que afirmaba quererle.

 

Pobre tejedor que nunca entendió lo que era en verdad el amor. Eso fue lo que le llevó a la desesperación.

 

Fue un día, cuando decidió fingir una terrible enfermedad y le pidió a ella lo que más le importaba a parte de él: sus alas. Se las cedió desesperada… y cuando descubrió el engaño, su amor se convirtió en odio, su pasión en frialdad.

 

Nada de lo que hizo nuestro monarca consiguió apaciguarla. Ni crear más seres como ella, ni aceptar que decidiera amar a otro hombre y alejarse de él… ni siquiera cuando consintió que muriera, pues la mujer deseaba envejecer y madurar como habían hecho los hijos que había tenido con su segundo amor, con el tercero y con todos lo que quiso antes que a Orfeo.

Muchas vidas han pasado y la creación interpuso la muerte entre ella y su amante desesperado. Pero una noche, hace muchos años, Orfeo tuvo un sueño en el que su esposa afirmaba que le perdonaba y que volvería a su lado. Pidió que la buscara porque tendría alas de oro creadas con vocablos amarillos, cuyos bordes y venas serían de plata con palabras azules, exactamente iguales a las que él le regaló tiempo atrás.>>

 

La mujer calló, su nieta estaba durmiendo y fue ese el momento en que aprovechó su oportunidad. Sacó de entre sus ropas un buen fajo de hojas y las cortó con unas tijeras de rayos de estrellas. En ellas había miles de palabras repetidas cientos de veces: bondad, alegría, inteligencia, humanidad, empatía… dudaba que todas pudieran calar en la pequeña, formarla como debían hacer. Pero si al menos pudiera tener un poco de aquellas cualidades, podría morir tranquila.

Cogió a su nieta, le dio la vuelta y dejó al descubierto los dos surcos en la espalda donde algún día, dentro de no mucho tiempo, nacerían sus alas. Empezó a espolvorear las pequeñas virutas de sus manos y los huecos las fueron exhalando con un suave suspiro somnoliento. Sus padres, como los de muchas de las pequeñas del lugar, se habían empeñado en que solo tuvieran para definirlas el color de sus alas… tan desesperados estaban de congraciarse con el tejedor, que se olvidaban de lo importante que era aquello para sus hijas. Todo valía si se convertían en la mujer de alas doradas y plateadas… aunque para ello tuvieran que entregarle al monarca un cascarón vacío y sin nada que ofrecerle, salvo el color que las “distinguía” como su amada perdida y una hermosura sin par.

Muchos abuelos, hermanos e incluso padres y madres que odiaban todo eso que estaba pasando, se encargaban de entregarles a las niñas por la noche las palabras que definirían en verdad su carácter. Pero la noche no tenía tanto poder como el día y muchos dudaban sobre lo que acabaría ocurriendo.

En cambio,  Aleba confiaba ciegamente en que su niña sería la reencarnación del amor de Orfeo. No por el color de sus alas, sino porque sería una criatura maravillosa, tal y como había demostrado hasta ahora.

 

No sabía que por la ventana, observando desde el reflejó del cristal, se encontraba el monarca vigilando a la abuela trabajar afanosamente. En esa generación de niñas había cambiado las reglas con las que había regido sus tierras, permitiéndoles a aquellos que buscaban algo mejor para las criaturas que amaban, calar más hondo que las palabras de aquellos que trabajaban durante el día. Ya que como bien habían pensado aquellas personas, él no deseaba un pálido reflejo de la mujer a la que amó… necesitaba su fuerza, todo aquello que le enamoró.

Sabía que la recuperaría, que entre las pequeñas estaba aquella que le había robado le corazón una vez y volvería a hacerlo. Sólo debía esperar y tejer hasta que apareciera.