ÉCHALE LA CULPA AL POKER
Rafael Guerrero

Los rigores del verano en Madrid son incomparables. Ya sabes que hace mucho calor en esta época por aquí. Quizás sea el asfalto, o la polución; tal vez el calentamiento global; realmente no lo sé. Pero entonces llega, y la temperatura se dispara directa al cerebro, como una droga dura que te enloquece. Por eso todo el mundo quiere irse a otro lugar; la gente no aguanta la ráfaga de aire seco que sopla en la meseta, más aún si ésta se arremolina entre los tubos de escape para asfixiarte las narices con el olor de alquitrán recalentado.
No te confundas. Siempre es duro vivir en Madrid; lo que marca la diferencia es que ahora los pringados se van, y entonces nos quedamos los chungos a nuestro aire. La gentuza, como tú o como yo, vivimos aletargados en nuestros agujeros para no incomodar, y que nadie nos achuche los negocios; pero no nos gusta, porque tenemos la sangre caliente y el cuerpo nos pide marcha. Y como un milagro, llega el sol, barriendo las calles sin perdón, y la ciudad se queda vacía; entonces, como bichos malos, nos adueñamos poco a poco de los rincones más céntricos y oscuros de la noche madrileña. Asomamos los hocicos de rata, y ya sabes que somos de gatillo fácil. Nueve meses de invierno y tres de infierno; salimos los diablos
El sábado fue un día especialmente cruel; creo que lo catalogaron como el día mas caluroso del año; pero a mí las estadísticas me importan un pepino porque vivo apegado a la realidad de la puta calle, y allí no llega el hombre del tiempo y sus telediarios. Lo que sí pude observar es como el pavimento ardía y difuminaba el horizonte con aquella bruma bailona; y esto te hace pensar; y pensé que aquel día el calor se podía oler; uno nota como el tufo se introduce hasta las fosas nasales, para terminar de quemarte la desgastada pituitaria con el olor del azufre madrileño. Por aquí debajo debe andar algún demonio burlón y con muy mala leche.
A eso de las tres del mediodía me llamó Franki; quería verme lo antes posible para hacerme un encargo. Quedamos en la Sirena Verde.
A las siete de la tarde estábamos en una terraza tomándonos unos chupitos. Franki sudaba como un cochino con su elegante traje de lino. Que mamón. Todavía lo recuerdo, con sus aires decadentes y esa delgadez extrema provocada por la heroína, con la cara perlada y bebiéndose un tequila detrás de otro. Entonces, después de charlar un rato de tonterías, me miró fijamente con los ojos nublados por el alcohol y los tóxicos, las pupilas luchando por no desaparecer en el extraño universo de su ojo, y apuntándome con sus afilados pómulos me lo contó:
- Miguel nos debe alrededor de veinte mil euros. Lo que tienes que hacer es cogerlo y llevarlo al piso de Vallecas. Mañana voy yo con mi gente y le ajustamos las cuentas.
- ¿El Manco? Coño. Que nos hemos criado con él, Francisco.
La retina de mi compadre brillaba de una forma extraña. Su mirada febril se mimetizaba a la perfección al contraste de la palidez extrema que decoraba toda su cara. Mirando las gruesas gotas de sudor que caían sobre su frente pensé que Francisco era una parte más del decadente mobiliario que componía la siniestra fauna que rodea la ciudad en verano, y entonces sentí como una bocanada de aire caliente barría la acera sin piedad y me abrasaba todo el cuerpo. El sol seguía sin ceder un ápice de su doloroso bochorno, y algunas nubes empezaban a cubrir el cielo para sofocar más aún el ambiente. Y seguí pensando que todos éramos una siniestra estampa madrileña estival, de esas que no se venden en la Plaza Mayor. Una postal estúpida de nuestra propia vida; Francisco, El Manco, yo, los tres transitando en la instantánea con una ridícula máscara de sonrisa. Mientras daba pequeños sorbos a mi bebida, y miraba como Franki se envenenaba, recordé, de manera nítida y precisa, nuestro tiempos de juventud; de cuando los tres compartíamos ilusiones y juergas. Sin duda, Miguel siempre había sido el más inteligente.
Entonces volví a oír su voz:
- ¿Cuánto os apostáis?
Los rayos caían verticales aquel mediodía de ese otro verano, veinte años atrás. Ante nosotros se encontraba la torre de luz eléctrica. Un día cualquiera, pensé mientras bebía y recordaba; qué nos apostábamos; vaya manera burda y estúpida de anunciar una tragedia.
- ¿Cuánto os apostáis?
El día que Miguel se quedó Manco habíamos fumado unos porros y bebido más cerveza de la cuenta. Recuerdo que hacía mucho calor, el maldito calor de nuevo; el mediodía transcurría solitario, era esa hora donde sólo un adolescente puede aguantar, en el descampado de nuestro barrio, a pleno sol, mirábamos la torre de alta tensión.
El asunto era sencillo; se trataba de subir y demostrarnos porqué los pájaros no se quedaban electrocutados. Miguel subió y el asunto no salió bien. Al tocarlo, los pies apoyados sobre los raíles de la torreta, la descarga le atravesó. Todos pudimos ver como su cuerpo se contorsionaba hasta quedar inmóvil, colgando como un peluche sin vida por las piernas, entre los hierros, durante unos segundos.
Lo miramos en silencio, estupefactos. Después cayó al suelo y se golpeó con un ruido seco y sordo.
- ¿Cuánto os apostáis?
Sí. Había sido realidad. Miguel se había encaramado a la torre, había subido, y una vez arriba, de manera inverosímil, había tocado el cable de luz. Y se quedó Manco.
- ¿Cuanto os apostáis?
- Que le vamos a hacer. El Manco siempre ha sido un fullero, y esta vez se ha pasado. Siempre ha sido un listo. Acuérdate Luís. El juego le pierde, y ahora encima le pega a la coca que no veas.
Vaya ironía sórdida oír comentar aquellas palabras a Franki.
- Llévate a Pirras y a Salva para buscarlo.
A mí, el manco siempre me ha caído bien. Lo que pasa, es que ya me había engañado un par de veces, y andaba con ganas de pegarle un par de ostias sonoras.
Así, el encargo no me iba mal; a la medida de mis rencores pasados.
Rondarían las diez y pico de la noche cuando empezamos a buscarle. El auto deambulaba distraídamente por las calles, picoteando de manera aleatoria en todas las esquinas que considerábamos susceptibles de darnos una pista. La luz del atardecer iba retirándose a los tejados de los edificios más altos, mientras las sombras empezaban a arrastrase por las calles y a repartir vetas de oscuridad entre las aceras y los portales. El calor seguía en pie de guerra, y allí arriba, en el cielo, las nubes lo cubrían todo; la efímera luz que moría estaba acompasada con una extraña pátina de color grisáceo, y de vez en cuando, resplandores silenciosos restallaban en el horizonte, emitiendo amenazadores rayos.
- Va a llover
Si tuviera que describir a Salva, simplemente diría que era un tipo muy grande; aunque también podríamos definirlo de otra manera, diciendo que albergaba un cerebro muy pequeño; pero eso no interesa a nadie, pues su tamaño y fuerza le permitían comer, pero su inteligencia sólo le servía para perder dinero; y así era realmente, porque todo lo que ganaba aplicando el ejercicio de sus músculos, lo gastaba en putas y cachondeo, y por eso siempre andaba pelado de dinero.
Pirras, sentado en la parte trasera, asintió con la cabeza, y su nariz aguileña y sus ojos saltones de judío me recordaron, por momentos, al pico de un loro moviéndose arriba y abajo. Estaba claro que más tarde o más temprano llovería. Aun así, la tormenta no terminaba de llegar, y el continuo relampagueo en el cielo, acompañado de la llegada de la noche, no hacía más que acrecentar la sensación térmica, con la humedad caliente y pegajosa que se impregnaba en el aire, y el aire que se pegaba a nuestras ropas.
Vaya pareja; siempre se les veía juntos. Últimamente me estaba tocando trabajar con ellos en todas las tareas que me precisaban. La organización confiaba en ellos, dado que eran efectivos y obedientes en sus encargos, y se había decidido que formaran parte de mi equipo, por orden de Francisco, que los conocía bien. No es que fueran unos lumbreras; en ese aspecto eran más bien limitados, pero, para estos trabajos, - y me refiero a llegar, ver y pegar - , lo ideal es precisamente tener a alguien que no piense demasiado. Los inteligentes siempre terminan siendo un problema, como el Manco; empiezan haciendo el trabajo demasiado bien, y acto seguido prefieren volar alto, o te vienen con algún jodido problema de conciencia, o tratan de liarte y engañarte, - como el Manco. Es decir, no respetan el orden establecido, y eso, en nuestro mundo es muy importante; porque seremos unos chorizos y unos mangantes, y hasta podrías llamarnos sinvergüenzas, pero de lo que no hay duda es que respetamos un orden establecido. Al que se atreva a saltarse la ley hay que ponerle las cosas claras; si hace falta a base guantazos. Faltaría más.
Con estos dos, el gordo y el flaco, las normas se respetaban escrupulosamente, y el trabajo salía bien; sin filigranas pero efectivo.
Nos dirigimos al barrio de Lavapies. Se estaba levantando un viento incómodo, preludio sin duda de la tormenta que estaba por llegar. Densos remolinos de polvo revoloteaban cuando atravesamos la plaza en dirección a la calle de Argumosa. La noche ya había llegado, y empezaba a encenderse la iluminación eléctrica. Pude observar como a nuestro paso las luces de las farolas titilaban entre la polvareda, resaltando de forma débil el largo vuelo circular de la basura, aireada por la inestabilidad atmosférica, que se estaba convirtiendo en una especie de vendaval.
El Tucos es una taberna miserable que se encuentra a pie de calle, en la Ronda de Valencia. Cuando entras, lo más seguro es que el olor que emana desde su interior te haga desistir del intento, pues es una mezcla de colonia de puta barata combinado con orines de un atascado w.c., que se encuentra a mano derecha del vestíbulo de entrada. Si aun así decides pasar, sólo podrás ver diez metros cuadrados de podredumbre, que es de lo que se compone el salón central. Frente a la barra encontrarás algunas mesas metálicas repartidas, normalmente decoradas con decrépitas mujeres de mediana edad y algún que otro jubilado borracho.
El Manco se apoyaba en la barra, con las piernas cruzadas, y bailándole la cadera de un lado para el otro, como sólo lo hace una persona cuando está borracha perdida; hablaba con una de las pelanduscas del lugar, a la que el Salva invitó cortésmente, de un delicado empujón, - que la mandó dos metros más allá - , a que nos dejara mantener una conversación a solas con nuestro conocido. La niña captó la explicación rápidamente, y, con una estrepitosa risa, que mas me pareció el graznar de un pajarraco, se retiró de la escena meneando el culo con chulería.
- Que pasa Manco, vamos a dar un paseo
El Salva le cogió por el brazo, yo creo que más fuerte de lo debido, porque el manco puso cara de molestia e intentó retirarlo de las tenazas del gordo. Como observé que se revolvía un poco, me levanté el faldón de la blusa y dejé al descubierto la culata de la pistola que tenía en el bolsillo del pantalón. A partir de ese momento el chaval se portó bien; no hubo que darle ninguna ostia de bienvenida. Ya en la calle, al ir a montarnos en el coche, la tolvanera nos envolvió de manera violenta y pude observar, al levantarse el faldón de la blusa hawaiana del Gordo, que éste llevaba la pistola calzada entre los riñones.
- Salva, que cojones haces con la pistola ahí.
El gordo me miró con sus ojos de pez, y sin hacerme ni puñetero caso, me dice bromeando:
- Pim, pam, pum
Cuando llegamos, la casa estaba cerrada a cal y canto. El interior estaba sobrecargado por la falta de ventilación. Pirras se encargó de abrir todas las ventanas del sitio, que no eran muchas, pues el apartamento no tiene más de 30 metros cuadrados, repartidos en un saloncito, baño y cocina americana, la cual abre su espacio a la habitación central a través de una amplia ventana lateral. En el salón hay una mesa redonda de camilla de tamaño medio, de esas que utilizan las abuelas para alojar el infiernillo entre las piernas.
Afuera, en la calle, empezaron a retumbar los truenos; al principio se los oía lejanos, pero de manera gradual fueron aumentando su volumen, hasta que al final empezó a llover sin concesiones.
- Joder, como llueve.
Una vez que nos apoltronamos en el piso, el día siguiente fue llegando demasiado despacio. Los cuatro empezábamos a estar un poco hartos de esperar a Franki. Una casa tan pequeña no está hecha para que uno se mire la cara y nada más. Para terminar de desesperarnos, el jefe llamó para decirnos que llegaba el lunes.
La situación era ésta, nos quedaba un día y medio de espera; el asunto iba a resultar tedioso. Alguien habló, no recuerdo quién, de echarnos unas partidas de cartas.
- Yo tengo una baraja de poker – nos exclamó jovial el manco, así como quien no quiere la cosa, y se sacó, de algún extraño bolsillo interior de sus ropajes, una impecable baraja de cartas.
Por eso nos pusimos a jugar al póker. Para pasar el rato.
Nos compramos unas botellas de whisky, nos sentamos en la mesa del pequeño salón, - la escasa luz de la bombilla que cuelga del techo nos iluminaba la cara como si fuéramos draculines- , colocamos la bebida a mano, en la repisa de la ventana lateral que existía entre la cocina y el salón, y empezamos a jugarnos los cuartos sin contemplaciones. Así fueron pasando las horas de manera más amena.
Al principio todo marchó bien, las primeras jugadas del Manco con escaleras las achacamos a la suerte. Luego después el mancó siguió sacando fules, y poco a poco, según pasaba la noche del sábado, entre vaciles y sorbos, nos fuimos dando cuenta de que el Manco nos estaba desplumando. A eso de las cuatro de la madrugada, con los Rolling Stones de música de fondo, el asunto ya no nos hacía ninguna gracia. Ya no había vaciles, pero sí muchos sorbos. Todos estábamos muy borrachos para darnos cuenta de que el manco hacía trampas. Y además, aunque fuera así, que más daba, si no iba a poder salir de allí con nuestro dinero. Afuera, la lluvia empezaba a amainar, los gruesos goterones que caían de los alféizares habían sustituido a las cortinas de agua que habían estado cayendo hasta el momento; la sinfonía de rayos y truenos tan sólo era ya una letanía que se oía lejana como sonido de fondo. Una ligera brisa fresca penetró hasta el comedor y acarició las cartas que teníamos sobre la mesa; la luz de la luna se asomó por la ventana del comedor, desde el patio interior de la corrala.
- Manco, y tú cómo te crees que vas a salir de aquí con nuestro dinero.
Y el Manco se reía. Y yo alucinado, mirando a Salva echar espumarajos por la boca y cagarse en todo, y el otro vacilándonos.
Recuerdo que se había acabado el whisky y Salva se levantó. No sé como ocurrió, pero el Manco le quitó la pistola de la cintura, a la que el otro se giró para coger la botella. Allí nos quedamos los tres muy quietecitos, mirando el cañón de la fusca, y a mi sólo se me ocurría pensar, mientras me cagaba de miedo, como cojones un tío con una sola mano había podido quitarle la pistola a un maromo como Salva, sin haber soltado las cartas con las que nos estaba desplumando.
- No hagas tonterías Manco
Todo ocurrió muy rápido. El Pirras le tiró encima una de las sillas de una patada y el mancó le disparó a bocajarro. El Salva saltó, pero Miguelito el Manco ya se había volatilizado por la puerta de salida, porque sería manco, pero de piernas no veas como corría.
El Salva y yo hicimos un intento por seguirle, pero no estamos entrenados para los cien metros lisos, así que nos volvimos al piso para ver la operación de cirugía estética que el Manco le había hecho a nuestro colega.
El Pirras ya estaba muerto para cuando llegamos. Nos dio mucha pena, pero vamos, las mariconadas se las dejamos a mi abuelita. El manco le había dejado un pequeño recuerdo, entre los hombros y el ombligo, con forma de agujero. El cuarto estaba un poco sucio, por lo que nos pusimos a hacer limpieza. Yo me encargué de insultar a Salva, y este limpió la moqueta y pasó el aspirador. Mi parte quedó perfecta; la del gilipollas de Salva no tanto.
Después nos fuimos a dar un paseo por el vertedero, y dejamos el paquete. Por lo menos había dejado de llover, y la luna barría con su luz las montañas de desechos. Así es nuestra vida compadre, igual te lo pasas en grande con un par de putas, que terminas fiambre en un basurero, al lado de una lata de sardinas. Antes de dejar a Pirras tieso entre las ratas, le juré que iba a coger a su asesino; eso sí, lo hice con los dedos cruzados por si acaso; nunca se sabe lo que puede ocurrir.
Después de alguna cavilación y no pocos titubeos; es decir, algo así como – me cago en tu puta madre Salva de los cojones, mira la que has liado - , decidimos montarnos en el ZX y darnos un paseo por las calles de Madrid, a ver lo que veíamos o escuchábamos. Rondarían las 5 de la madrugada, por lo que nuestro paseo quedaba reducido a ciertos enclaves sospechosos, y tres o cuatro callejones de muy mala reputación.
Los bulevares estaban tranquilos; reinaba una apacible serenidad, producida por las horas de la madrugada en las que estábamos. Salva conducía a lo largo del alquitrán de la carretera. Su perfil tosco se recortaba contra la ventanilla del coche, mientras con un brazo dirigía el volante, y con la otra mano jugueteaba entre el aire y las sombras de los edificios, que bailaban en las aceras acompasadas por la velocidad de mi retina al observarlas.
Se nos ocurrió que podríamos hacer una visita a su casa. Nos plantamos frente a su puerta en un santiamén. Primeramente pulsamos el timbre, pero nos dimos cuenta que éste no funcionaba, por lo que decidimos llamar educadamente con la mano, y al observar que nadie acudía a nuestros requerimientos, decidimos por fin echar la puerta abajo con un suave toque de pié. Cuando entramos comprendimos que nadie iba a acudir a las suaves llamadas de nuestra pierna, porque vimos el cenicero humeante en el cuarto de baño, y la ventana trasera, que daba al patio, abierta. De nada valía correr ahora, conociendo la capacidad de nuestro amigo para el maratón. Estaba claro que allí no obtendríamos nada sustancioso, por lo que decidimos redecorar el apartamento con astillas, y después nos largamos.
- ¿Y ahora que?, ¿A las cocheras?
El Salva tenía razón. El único sitio andrajoso donde podríamos encontrar al Manco a esas horas era en las Cocheras de Entrevías con sus colegas. Allí se sentía seguro, rodeado de los suyos.
Aquellas naves abandonadas son un sitio poco interesante de día, pero de noche es un mojón de mierda oscura y maloliente, donde sólo se va a buscar a desechos humanos.
Aquel paraje pertenece a la RENFE. En el pasado se utilizó como almacén y taller de las locomotoras que sustentaban el transporte ferroviario de Madrid y sus alrededores. Comentan los más viejos que antes de que aquellas naves fueran abandonadas a su suerte, y a la de los yonkis y tunantes que la pueblan ahora, florecía una boyante industria de mantenimiento, que dio de comer a mucha gente del barrio.
Aparcamos el coche en las cercanías. Entramos con cautela, aunque al principio no nos pareció oír nada, pero no estábamos para muchas garambainas, y el mamón ya había acabado con Pirras, y no queríamos aumentar la lista de asesinados con nuestros propios cuerpos.
El interior es oscuro y húmedo; accedimos a una sala de pequeñas dimensiones, poblada por columnas, a través de una puerta lateral que se encuentra en el lado norte. La pobre luz iluminaba las paredes entre penumbras, asomando sus haces a través de las agrietadas claraboyas de cristal que formaban el techo de la nave.
Mientras andábamos, entre el bosque de espinazos de hormigón, pude observar que a una distancia de 20 metros la sala pasaba a abrirse en un habitáculo mucho más grande y despejado, en el que se encontraba un muelle, a modo de andén, y vías con varias herramientas viejas y oxidadas, decenas de pequeñas cadenas, algunos hierros de grueso calibre, y otros artefactos redondeados y forjados que no supe identificar con nada conocido, y que supuse sirvieron en su momento para realizar labores mecánicas.
El lugar se estructuraba en forma de rectángulo, con un tamaño de unos 100 metros cuadrados, dividido en dos zonas claramente diferenciadas; Por un lado, un cuadrado central al que se podía acceder por un enorme portalón enclavado en la parte sur que daba paso a una rudimentaria red de vías que cubrían toda la zona despejada, y por la cual se desplazaron, en su momento, las máquinas a un lado y al otro hasta llegar al puerto de reparaciones. La otra parte que componía el sitio era el cinturón de columnas de hormigón donde Salva y yo nos hallábamos, que se extendía desde la parte norte hacia este y oeste.
Al final, en el otro extremo del almacén, había dos personas.
- Que pasa Manco, cabrón
Después de toda una noche movidita, allí lo teníamos de nuevo, acompañado de su colega más íntimo; gente del barrio. Miguelito no se sorprendió en absoluto, pero su acompañante dio un respingo y se levantó. Nosotros nos mantuvimos pertrechados en la oscura seguridad que nos ofrecían las columnatas que nos rodeaban.
El Manco nos relató tranquilamente su perorata:
- Luís, por los buenos tiempos, sabes que no es nada personal. Aquí tengo el dinero, - con la cabeza señaló una bolsa de plástico arrugada - ; siento mucho lo de Pirras. Cogedlo y os vais con viento fresco. Dárselo a Franki. Yo ya estoy hasta los cojones de vosotros.
A medida que hablaba, su mano se fue deslizando bajo una chaqueta que tenía al lado. Su colega se fue abriendo hacia el sentido contrario. Mientras miraba la escena pude observar como Salva sacaba su pistola. Yo hice lo mismo y me fui acercando a una de las columnas que me cubría mejor; el cañón de mi revolver brilló en la oscuridad.
- No Manco. A mí el dinero me da igual; pero te has equivocado con nosotros. Hoy es tu día.
A la derecha de Salva conseguí atisbar, casi intuir por el rabillo del ojo, como aparecía una sombra más oscura que las sombras que nos rodeaban. Me giré para alertar a mi compañero, pero el intruso nos había sorprendido por detrás. Me tiré al suelo, a la vez que un fogonazo escupía una lluvia de postas de escopeta. El disparo de la recortada dio de lleno a Salva en un costado, que cayó al suelo por efecto de la fuerza de la onda expansiva. Disparamos al atacante, y éste emitió un ruido sordo y cayó de bruces, para acto seguido levantarse tambaleando y desaparecer otra vez en la oscuridad. El Manco y su colega empezaron a disparar, mientras corrían hacia nosotros. Salva desde el suelo, medio incorporado sobre sus rodillas, y yo desde detrás de la columna, repelimos el ataque. El intercambio fue rápido. Un tiró de Salva dio de lleno en la rodilla del colega del Manco; éste emitió un grito desgarrado y huyó medio arrastrándose por el portalón, sin parar de disparar. Las balas rebotaban sobre las columnas, silbando entre nuestros oídos; el hormigón estallaba en cientos de peligrosas esquirlas que volaban de manera fulminante sobre las cabezas. Miguel disparó, y un rayo de luz me dejó ver como el gordo se retorcía, cayendo violentamente de espaldas. Amartillé el gatillo un par de veces. El manco cayó de rodillas y por un momento se quedó inmóvil en esta posición; pasaron dos o tres segundos antes de que la pistola que llevaba se deslizara desde su mano hasta el suelo, y su cuerpo se dio de bruces contra las viejas cadenas del muelle.
Permanecí callado y resoplando un rato, alrededor de cinco minutos, a la vez oía gimotear pesadamente a Salva mientras se moría.
La bolsa arrugada de plástico estaba vacía. Que mamón. Genio y figura.