Pensamientos nocturnos
Por Blanca Miosi
En las horas de oscuridad sus pensamientos corrían bajo el impulso de su imaginación, unas veces con la rapidez de las liebres, otras, con la cadencia de las olas con sus resacas de espuma, como si cada onda pudiese borrar la anterior, y la anterior, y así indefinidamente.
Pero a veces los pensamientos de Pedro no eran como las olas del mar,
se acumulaban igual que las aguas de un río cuando van hacia una represa. Por
momentos parecía que no podían entrar más, de tantas ideas como tenía, y en
otros, sentía que se desbordaban. Deseaba escribir, relatar, hablar, pero ni
sabía escribir ni podía articular una palabra. Apenas podía oír. Su mundo estaba
lleno de fronteras insalvables que sólo podía saltar con su imaginación. Los
demás vivían su propio mundo y él, el suyo, debajo del puente de la quebrada
honda. Allí, donde la soledad era su compañera y los puntos brillantes del cielo,
pequeños faros que alumbraban sus delirios. Allí, donde sus lágrimas se
confundían con el rocío matutino, donde tantas veces imaginó su génesis, donde
inventó a sus padres, donde lloró su hambre.
Ese día la chica de la ciudad se había fijado en él. Y él sentía algo extraño en su pecho. Un dolor punzante, una alegría desconocida lo invadió cuando ella lo miró y le sonrió. Sintió ganas de gritar aún sabiendo que jamás saldría de sus labios un sonido. Para él fue suficiente. Esa noche no durmió bajo el puente. Esa noche Pedro reposó en la escasa hierba, extendió sus brazos al cielo; esa noche sus pensamientos iban como el río, abajo, hacia la represa, se juntaron tanto que su cabeza explotó en mil colores, hasta que su corazón dejó de latir.