REPARTIDA SOLEDAD

Autor: Darío Vilas Couselo 

 

Se mezclan los colores, dibujando formas espirales justo antes de burbujear en simbiosis. Es lo que queda cuando no hay nada más, cuando ya es demasiado tarde para querer arreglar nuestras vidas, para intentar ser fuertes.

         No lo entiendes, y yo tampoco. Ni falta que hace. Ni falta que hacemos juntos. Tampoco es que seamos necesarios por separado. El mundo puede prescindir de los dos, aunque yo no soy capaz de prescindir del todo de ti. Es mejor matarte. O morir. O ambas cosas. Quizás matarnos a nosotros mismos. Pero eso ya lo hicimos hace mucho tiempo, ¿no?

         Si yo iba, tú venías, cerca, casi rozando. Una presencia a la que me había acostumbrado, sin la que no vale la pena estar. Tampoco vale la pena no estar, prefiero matarte a ti. ¿Lo hice ya? Una vez dijiste que sí, tal vez sea cierto, no lo sé.

 

         Te apartas de mi lado, mientras me reprochas no ser un poco más como tú, o no ser algo más como yo. En todo caso es culpa mía. Yo soy el responsable de que estemos solos cuando estamos juntos, y de que esto te de mucho miedo, aunque no hagas nada por remediarlo. Y yo tampoco, pese a que también lo sienta de la misma manera. ¿Lo ves? Ya nos parecemos un poco más; no podemos estar separados.

         Nunca pudimos estar juntos. No somos como los demás, a pesar de nuestros intentos. Observamos a todo el mundo, deseando que algo se contagie por la vista, por la costumbre de lo ordinariamente aceptado, en lugar de lo vulgarmente asumido. Pero la actitud no se refleja, la normalidad no se transmite. Y es mejor que sea así, por mucho que te pese, por mucho que no me pese a mí tanto como a ti te gustaría.

         Sólo seguimos adelante por necesidad, y eso es bonito. Sí, lo es, pero la primera sensación que te embarga es la angustia, no te dejas llevar por la belleza de lo que no puede ser de otra manera. Tendrías que abrir los brazos, dejar que esa dependencia lo llenase todo. Y en lugar de eso, te limitas a negar en silencio, mientras buscas refugio en otras personas que te volverán a ofrecer lo mismo, pero con diferente cara. Quizás un poco más adornado por fuera, pero igualmente vacío por dentro. Bolsillos llenos y almas que no se expanden en la extensión completa del cuerpo que las alberga. Tú verás, es tu decisión, es tu vida. Si no te mato antes, o no me matas tú.

         Pero que sea como tú lo quieres, al fin y al cabo, eres la única culpable. Y el resto de la gente también. Todos menos yo, que no tengo inconveniente en aceptarnos de la manera que sea, de querernos tal y como somos, con nuestros defectos y nuestra falta de virtudes. Cuatro patas cojas hacen una mesa baja.

         Y ahora prestas atención a los que te aconsejan que renunciemos. Los dos, como si pudiesen obligarme a acatar sus voluntades. Todo el mundo es libre de opinar, y encima lo hacen. ¿Por qué? Porque en un momento dado forman parte de nuestro pequeño universo, como estrellas lejanas que se ven, ejerciendo de cuando en vez un leve influjo sobre nosotros, cuando el cielo está especialmente despejado y la claridad nos permite verlas. En esos momentos, intento taparte los ojos. Siempre he sido un egoísta, no pienso cambiar ahora.

         Me doy cuenta, y por eso he escapado, dejándote huir a ti en dirección contraria a la que deberías tomar.

         Por supuesto, volveré a buscarte, y entonces suplicarás que lo deje. Que te deje. Que nos deje. Puede que en el fondo sepa que sería lo mejor, que podrías llegar a ser feliz, pero no quiero permitirlo. Tampoco puedo, ni siquiera cuando insinúas amenazas veladas por lágrimas que fluyen sin esfuerzo. Sin palabras. No hacen falta, manda la evidencia de los impulsos de tus sentimientos heridos.

         Y yo sigo presionando esa herida abierta que no dejará de sangrar, empapándome por completo. A lo mejor no necesito matarte, ya te mueres tú, y no hago nada por remediarlo, aunque sí por aparentar que me importa. No es así, y lo sabes, porque la única opción que tengo es morir yo. Y no quiero.

         Te quiero.

         Me voy, antes de que consiga echarte.

 

 

Un relato inspirado en "Morir o matar", de Nacho Vegas.

Dedicado a Anabel, mi mujer, que es una apasionada de la música del cantautor asturiano.

A veces los mayores terrores nacen de nosotros mismos.