AMERICAN CIRCUS
Por Víctor Morata

Las noches en aquella parte de la ciudad en esa época del año caían sigilosas pero raudas sobre el pavimento gris. Las construcciones se alzaban opacas y apagadas, sin apenas iluminación en las calles que dieran algo de vida a la urbe. Era un barrio alejado del centro, sin apenas tráfico a partir de las diez de la noche. Alejo era un niño como todos, sin preocupaciones y con el sentido de la responsabilidad olvidado en alguna parte de sí mismo, tal vez lejos de allí. Solía ir a jugar con el resto de los niños cuando, después de hacer los deberes, su madre le dejaba salir a lo que quedara de día. Su ansia era tal que se perdía entre corridas y juegos con sus amigos de un parque a otro, perdiendo los minutos y las horas y dejando que la luz se la llevara engullida la noche. Sin darse cuenta, Alejo se colmaba de sombras y despedía a sus amigos hasta el próximo día, cayendo en ese momento en que hacía dos horas que había pasado el toque de queda y su madre no le recibiría precisamente con halagos y buenas maneras. Remoloneando se dijo “de perdidos al río” y fue con la calma del que no desea llegar a manos de su verdugo. Se entretuvo en cada detalle de su paseo sin importarle la desesperación que debía ir creciendo en el seno de su querida madre. Aún tenía, no obstante, tiempo de llegar antes de que lo hiciera el cabeza de familia. Su padre era aún peor. Aún hubiera llegado a una hora “prudente” si Alejo no se hubiese encontrado con la maravilla de las maravillas allí mismo.
Fue al pasar junto a una era limpia que solía hacer las veces de asiento para la feria en fechas de fiesta y celebración popular. Allí estaba, imponente, una gran carpa dibujada en tres colores significativos: blanco, azul y rojo. En uno de sus laterales incluso pudo advertir unas cuantas estrellas doradas. No se las había robado a la noche, pero por la expresión del niño, lo parecía. Alejo ralentizó su paso aún más y se acercó a la entrada de aquel majestuoso palacio de diversión. Levantó la vista hacia el arco del umbral y leyó las letras resaltadas: American Circus. Su rostro se iluminó al comprender qué tenía ante sí. No había visto carteles por la ciudad que anunciasen su llegada, ni oído a los otros niños comentarlo. Y sin embargo, el no tener conocimiento de su presencia no hacía que fuera menos real. Con sigilo se acercó aún más. Las bestias rugían y bufaban a su derecha. Alejo había oído hablar del circo, pero nunca había estado en uno ni lo había visto.
Oyó unas voces que iban y venían en mitad de la noche. Eran exclamaciones apagadas de un público entusiasmado y expectante. Los aplausos y los vivas se sucedían, algunas risas y más aplausos. Cruzó el umbral de lona y vio una pista de tierra amarilla en el centro mismo dibujando un círculo. Alrededor estaban las gradas repletas de gente. Ninguna de aquellas caras le resultó familiar. En la pista, un hombre trajeado, con levita y sombrero de copa brillantes, agitó su bastón en el aire mientras atusaba su fino bigote retorcido sobre el labio. “Damas y caballeros, Ladies and Gentlemen...” comenzó diciendo al público mientras un redoble daba intención a su gesto. Alejo no podía apartar la mirada del espectáculo.
Después de una breve presentación, el hombre desapareció y el foco de luz que le había sacado de la oscuridad cambió de orientación hacia el cielo. Allí arriba, dos estructuras se unían entre sí con varios cables. En cada extremo un hombre y una mujer vestían, pegados a la piel, sendos trajes blancos con ribetes plateados y algunas lentejuelas. Sus cuerpos eran esbeltos, casi perfectos. Saludaron con una gran sonrisa y el público les correspondió con un aplauso vivaz. Acto seguido, Alejo vio como saltaban y se enganchaban a trapecios, se intercambiaban y se cogían de las manos en pleno salto mortal. Eran equilibrios peligrosos sin una red que les protegiera de la caída. Alejo no podía cerrar la boca, ni los ojos. El número que seguía era el que ponía punto y final a la actuación de los trapecistas. Uno de los hombres se colocó bocabajo y tomó, en un balanceo, a una de las mujeres. El otro trapecista imitó a su compañero. El objetivo era cruzar a las dos mujeres y cambiar de pareja en el aire. Se necesitaba precisión para ello. Alejo permaneció atento, aguantando la respiración. Redoble. Luces temblorosas. El balanceo de dos trapecios en el cielo. Las mujeres se soltaron de las manos que las asían y se cruzaron en el aire. Las manos fuertes de aquellos hombres volvieron a aferrar las de sus mujeres y todos aplaudieron aliviados tras emitir un leve suspiro. Incluso Alejo, como un polizón rezagado, recuperó el aliento perdido.
Un grito llamó su atención. Alguien del público señalaba hacia arriba. Aún estaban colgados. Una mano se quedó huérfana y pronto la otra se resbaló del sostén de su hombre. El instante que duró la caída se expandió en los sentidos de cada uno de los presentes. Lo siguiente fue el horror, el grito de la muchedumbre y el ruido sordo de un cuerpo estrellándose contra la arena. Alejo no desvió la mirada. Fue una imagen dolorosa. Una de esas que no se olvidan. La llevaría toda la vida prendida a la memoria. Pero no supo nunca si el origen de aquellos gritos había sido la caída de la mujer o el fuego que cerraba todas las salidas menos aquella en la que Alejo se encontraba. La lona comenzó a arder y nadie pudo escapar de aquella cárcel ígnea. Habían estado tan prendidos de la actuación que no se habían percatado del olor a humo ni las lenguas que lamían los bordes. El alma del niño se descompuso ante la impotencia. ¿Qué podía hacer él?
Lo inexplicable entonces sucedió. Todo quedó oscuro y ya no había circo, ni lona, ni bestias, ni espectáculo, ni fuego, ni nada. Era un descampado en mitad de la noche, triste y vacío. Aún podía oír el clamor de las gentes, los aplausos, las risas, las ovaciones, los gritos, el tambor redoblando... pero no había nada. Las voces se convirtieron en murmullos y éstos se fueron perdiendo en un eco cada vez más imperceptible. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Alejo y, siguiendo su instinto, corrió como jamás lo había hecho. Corrió desbocado hacia la calidez del hogar. Por muy enfadada que estuviese su madre, su presencia apaciguadora era lo que más deseaba en ese momento.
Corrió mientras los ruidos del circo resurgían en un vaivén, como oleadas de murmullos y risas que ahora le parecían demoníacas. Fue la carrera más tenebrosa de toda su vida. En aquellas calles poco iluminadas, cuando no debía haber nadie, se encontraba de repente a un lado al presentador que había visto minutos antes con una mirada pendenciera y las ropas raídas y deslucidas. Seguía corriendo, perdiendo el aliento en el camino, y se encontraba a la derecha, junto a una farola rota, a la trapecista muerta con la cabeza ladeada de forma imposible y una macabra sonrisa en el rostro. Empapado en sudor no se daba tregua ni descanso alguno y volvía a ver, a su izquierda esta vez, a los payasos de ojos amarillos y ropas desgarradas por el fuego, con sus dientes afilados y el maquillaje corrido, mostrando sus fauces anhelantes. Alejo corrió como nunca mientras aquel desfile de monstruos se iba apareciendo en su camino. Sus rostros eran poemas demacrados de versos desafiantes, invitándole a una existencia infernal a la que no dejaban otra alternativa. Al llegar al portal de su casa, pulsó el botón del telefonillo al menos una treintena de veces. No quiso mirar atrás, pero lo hizo. Allí estaban todos los circenses muertos formando un corrillo y acercándose con paso lento y los brazos extendidos hacia él. Alejo siguió pulsando. Lloraba, sollozaba, gritaba. Un zumbido abrió la puerta y cayó de bruces en el suelo. Se arrastró hasta que la puerta se cerró tras de sí. No volvió a mirar atrás. Corrió apesadumbrado, pensando que aún los tenía pegados a sus talones. Alejo creyó que una simple puerta o un muro no podrían frenar a esos espectros en su ambición por conseguir su objetivo. Los nervios le traicionaron y creyó incluso sentir el roce de unos dedos huesudos en su tobillo desnudo, no recordaba en qué momento había perdido una de sus zapatillas. Al llegar al segundo piso, su madre le esperaba con el ceño fruncido en el umbral de casa. Sin embargo, no pudo reprender a su hijo al verlo de aquella guisa. Preguntó por lo acontecido y obtuvo una retahíla de palabras entrecortadas por los sollozos que no albergaba sentido alguno. Luego de haberse calmado, Alejo quedó en silencio. De aquella noche poco pudo sacar en claro su familia. Tan sólo que algo espeluznante le había arrebatado la cordura y el habla.
Era un 29 de Febrero. El mismo día en que el American Circus se incendió treinta y dos años atrás; el mismo en que la mujer se soltó de las manos de su amante para no perecer en las llamas; el mismo en que ella había descubierto sus deslices con la ayudante del mago y averiguado que todos lo sabían excepto ella. Fue el mismo día en que la trapecista impregnó de gasolina los bordes de la lona y esperó el momento oportuno para hacerla arder. Justo cuando subió al trapecio, ya una chispa caminaba hacia la tela dibujándose sobre una larga mecha. Todo estaba calculado. Todos iban a pagar, justos por pecadores. Alejo solo vio el reflejo de lo sucedido. De la trama que llevó a ello no supo nada. Él se quedó con la aparición de unos espectros enfadados, negados a morir y anclados en su tragedia, deformados hasta convertirse en demonios. Ese 29 de Febrero era igual que todos los anteriores y sería el mismo que cada uno de los posteriores. Todo se repetiría hasta el infinito cada cuatro años.
Cuando llegaba el día, un Alejo enajenado, se asomaba a la ventana y veía a los espectros llamándole para que se uniera a ellos. Jamás dijo nada. Ni siquiera cuando cedió y se puso una soga por corbata.