Clap, clap

 

Laura López Alfranca

 

 

 

-Se lo ruego por última vez, noble caballero -dijo aquel plebeyo deforme y ciego-. No debe entrar, las leyendas son mentira, le matarán.

-Correré el riesgo por esa dama -aseguró Alrad sonriente mientras le tendía las monedas al pobre y obligaba a su caballo a avanzar, aunque se revolviera nervioso.

 

Aquel hombre era el único que sabía cómo bordear los caminos llenos de espinos y sombras asesinas, alguien afirmaba que había intentado despertar a la dueña del castillo oscuro… sólo de pensar que alguien como él podía haber conseguido lo que otros con mejor sangre que él habían fracasado le parecía imposible.

Tan sólo se oía los pasos de su montura y el golpeteo incesante del agua contra su armadura, algo que llegaba a ponerle realmente nervioso.

 

Clap, clap.

 

Al aproximarse a la inmensa puerta podrida y desvencijada, el animal se encabritó asustado, derribó a su jinete y huyó por el camino, hasta que se enredó con las zarzas y herido, su sangre brotó a raudales. Mientras el pobre intentaba liberarse, oscuras alimañas saltaron de entre los árboles y comenzaron a desgarrar carne y piel, sacando sus tripas cuando aún seguía vivo, buscando el calor de su victima para devorarlo. Los miró aterrado y estos, se giraron hacia Alrad para luego reírse con esos ojos inyectados en sangre y brillantes, tras lo cual, desaparecieron en la oscuridad. El caballero tragó saliva y empujó la puerta de madera, intentando aguantar las arcadas ante el dantesco espectáculo que había visto… que no fue nada comparado con el del interior. En un trono de espinos y oscuridad, una figura negra observaba picoteando de un cuenco lleno de ojos, mientras cientos de tijeras, con dos plumas enrojecidas que eran usadas como alas, iban cortando trozos de carne de cadáveres que apenas alcanzaban a ser huesos ennegrecidos por el paso del tiempo. El ser levantó la mano que tenía oculta y tiró de las zarzas, que movieron a los cuerpos mientras los objetos huían chasqueando sus cuchillas. Los muertos alzaron las manos y se acercaron a él desesperados, el viento se colaba por las cuencas vacías de sus ojos, resonando como si suplicaran misericordia.

No supo si rogaban por su vida o por su muerte, pero eso le dio igual; con un grito horrorizado alzó su arma y comenzó a destrozar huesos, vegetal y a chocar contra el metal de alguna tijera que se atrevía a cruzarse por su camino. Todo caía al suelo provocando un ruido repulsivo que le provocaba asco, tanto, que cuando se vio sin enemigos y aun a  pesar de la figura que observaba todo, se arrodilló y vomitó encima de la piedra mohosa.

 

-Pobre lord Alrad, que ha venido a morir en este lugar maldito.

 

Al escuchar esas palabras proferidas por una vil voz, su rabia le obligó a retomar su espada y lanzarse contra ella desesperado. Destrozó el trono y vio cómo se deshacía en humo que olía a azufre traído del mismo infierno. Se alzó victorioso y su grito se congeló en su garganta al ver como el castillo estaba rodeado por infinitas calles laberínticas, que aunque la luna las iluminaba, parecían tumbas llenas de espinos que un lugar donde antes vivía gente.

Aunque oía gritos suplicándole que se marchase, se lanzó hacia el corazón de la ciudad temiendo que sus temores y algún conjuro perverso intentaran detenerle. Su cuerpo se estremeció al darse la vuelta vio como un muro de zarzas se alzaba tapando la salida; al darle un mandoble, su espada se melló como si fuera de mala calidad y se apartó aterrado. El ruido había despertado a los espíritus de la ciudad que se lanzaron a atacarle, mientras escuchaba alaridos de dolor.

Los espinos le herían, las astillas de los huesos se le clavaban sin piedad allí donde la armadura no podía protegerle, haciendo que sus ojos le causaran un sufrimiento tal, que ansiaba arrancárselos.

Las horas pasaron y al final, se arrastró hasta una iglesia derruida en cuyas ventanas se veían escenas obscenas y repugnantes. La voz de aquel ser de humo volvió a aparecer con una carcajada.

 

-Bienvenido lord Alrad a nuestra ciudad, esperemos que haya disfrutado de su último día de vida… ahora tiene cosas más importantes de las que ocuparse.

 

Y en aquel momento, otros hombres con armaduras oxidadas se lanzaron contra él y apenas tuvo tiempo para defenderse. Alzó su arma, hizo una finta a la derecha e hirió a uno. Lejos de lo que temía, dejaron de atacarle, se lanzaron a lamer la sangre del compañero y a arrancarle la armadura y la carne para alimentarse. Huyó desesperado, intentando encontrar la salida a toda aquella locura.

 

***

 

Se quitó el casco y al ver a sus siervos gruñir pidiendo algo de la carne cazada, dio un grito para luego comerse la poca carne que quedaba en los huesos de aquel miserable. El tiempo pasaba y nunca intentó contarlo, demasiado esfuerzo y distracción, un lujo que en la ciudad sin sol nadie se podía permitir. Incluso había tenido que irse librando de trozos de su coraza para usarlas como armas improvisadas, o perder peso innecesario. Cuando veías a una de esas malditas sombras acercarse a ti con sus perros muertos, azuzándolos para que te hirieran y te atraparan, era mejor ser rápido.

Al principio aguantó el hambre y la sed como pudo, hasta que vio que la única forma de sobrevivir era no perder su arma, dormir poco por si intentaban atacarle… y alimentarse de otros ilusos como él. Los mejores eran aquellos que acababan de entrar, su carne tenía sabor y su sangre no estaba corrompida, además de tener suficiente cantidad para mantener su pequeño grupo unido.

Al final, agotado de aquella situación y sin temor  a lo que vendría después, congregó a varios de los mejores guerreros y después de días de caza de otros como ellos, llevaban suficientes reservas para llegar hasta el castillo y acabar con todo aquello. Si lo que habían oído era cierto, acabaría con despertar con un beso a la mujer… y sino, siempre podían alimentarse de ella.

 

Lo poco que quedaba de su conciencia civilizada, pudo comprobar que debió ser una ciudad rica y hermosa, tan grande como el país al que había servido. Incluso el palacio parecía majestuoso aun a pesar de las profanaciones… y para darse cuenta tuvieron que pasar varios días de viaje.

Escucharon gritos, el sonido del metal chasqueando y supieron que las tijeras estaban cerca. Alrad corrió por las calles que, aunque mohosas, delataban por donde se encontraba. Sintió cómo las cuchillas se abalanzaban contra él cortando su nuca y espalda, la sangre manaba haciendo que otros como él intentaran alcanzarle sedientos.

Fue al fin cuando sus ojos se quedaron cegados al darle el sol del atardecer directamente. Berreó sintiendo como lloraba desesperado y se apoyó en una pared. Cuando volvió la oscuridad, pudo ver que se encontraba en medio de un jardín interior abandonado, iluminado por la intensidad de la luna.

Caminó con paso lento, esperando encontrarse algún nuevo peligro ya que aún era capaz de escuchar el aleteo de alas y metal. Se abalanzó contra las escaleras, las subió intentando huir de sus atacantes y cuando todo el lugar se silenció, la vio. Ni sabía su nombre, sólo había oído por las historias que era hermosa… y apenas alcanzaban a describirla. Se acercó con timidez y sin poder evitarlo, la besó. Sus ojos claros se abrieron con una mirada cálida, su hermosa boca de rubí se torció en un rictus de terror y susurró:

 

-Huye antes de que sea demasiado tarde.

 

Entonces tres sombras que controlaban los cadáveres aparecieron y lanzaron cientos de tijeras contra el hombre. Que cortaron la carne y arrancaron vísceras y ojos con saña, matándole en una horrible agonía.

 

 

Las miró comerse a aquel que estuvo a punto de salvarla, lloraba suplicándole, deseando salir de su prisión de espinas que alimentaba la ciudad con su sangre y sueños. Sintió cómo los ojos le pesaban y volvía a soñar con un cuento infantil que nada tenía que ver con su pesadilla.