ENTRA TÚ
Por Darío Vilas
Distingo un singular bullicio que interrumpe mi sueño en medio de la noche, proveniente del largo pasillo que en la penumbra oculta su extensión. Cauto y sigiloso, me dispongo a recorrerlo, intentando discernir en la oscuridad cualquier sombra agazapada; algún ente suspicaz que ha decidido hacer aflorar mis más ocultos temores nocturnos. Pero, con férrea voluntad, avanzo a paso decidido pero lento, sin encender la luz, para no demostrar que en el fondo sí siento el frío aguijón del miedo atravesando mi espina dorsal.
En contra de lo que pude imaginar, el sonido no cesa, evidenciando que no ha sido fruto de mi alterada imaginación. Se vuelve más audible a medida que recorro los escasos metros que me separan de la última puerta que se puede atravesar en mi hogar. Quizás la última que haya de atravesar en vida. Temeroso, me detengo a escrutarlo con atención, intentando descifrar su procedencia, su situación exacta, sea de este mundo o de los abismos tenebrosos que se extienden más allá del orbe de los vivos.
Dos fuertes golpes, secos y atronadores, hacen que pegue un respingo, sometiendo mi corazón a una tensión tal, que parece querer abandonar mi pecho. He dejado escapar un pequeño alarido que ha evidenciado mi debilidad a oídos de la criatura que se oculta en el cuarto, frente al cual ahora me encuentro, mano en el pomo, a pesar del sudor que empaña mi rostro y los temblores que se han adueñado de mi cuerpo y se resisten a abandonarlo. ¡Pero esperad! Se ha hecho un silencio sepulcral, quizás demasiado espectral para significar que, fuese lo que fuese lo que al acecho se ocultaba a la sombra de la habitación de invitados, haya resuelto abandonar esta mi morada, decidido a volver a su mundo de tinieblas.
- ¡No os ocultéis tras el manto del silencio! ¡Sé que estáis ahí, que esperáis que regrese a mi lecho para que, mecido en un placentero sueño, podáis arrebatarme mi alma eterna! ¡Salid si tenéis agallas! – le reto.
- Entra tú – replica el espectro, con voz quebrada y aguda, más animal que humana, más muerta que viva.
- Sois vos quien habéis osado perturbar la tranquilidad de mi hogar, presentándoos en medio de la noche para darme muerte. Así pues, ¡mostraos!
- Entra tú – repite el ente, sin alterar un ápice su tono de ultratumba.
- ¡No me retéis, demonios! ¡Si tanto anheláis acabar con mi vida, demostrad vuestra osadía! ¡Enfrentaos conmigo a la luz! – incito a la criatura, alentado por mi instinto de supervivencia, que me hace retroceder por el pasillo.
- Entra tú – reitera una vez más, intentando poner a prueba mi cordura.
Es en ese preciso instante cuando reparo en el pesado jarrón que reposa sobre una vetusta mesita, dispuesta junto a la pared de mi diestra. Sin más dilación, agarro con ambas manos el ostentoso adorno y recorro de nuevo los últimos pasos que me separan de la entrada, decidido a enfrentarme a la maligna presencia con mi grotesco e improvisado arma; el único que el cruel destino ha tenido a bien poner a mi alcance.
- ¡Por última vez os lo ordeno! ¡Salid!
- Entra tú – insiste de nuevo, con fascinadora, y a la vez crispante, porfía.
Sin siquiera detenerme un segundo más, me armo de valor con mi letal búcaro como único escudo y lanza, determinado a mostrar mi oposición a abandonar la vida sin al menos plantar cara al ente oscuro. Con celeridad, paso el jarrón a mi brazo derecho y abro la puerta. En un gesto de improvisada destreza, vuelvo a sujetar con firmeza mi arma entre ambas manos y me adentro en la tenebrosidad, seguro de que no volveré a salir jamás.
El estruendo del golpe llamó la atención de los progenitores, que regresaban en ese momento a casa tras una dura jornada laboral. La puerta del cuarto de invitados estaba abierta, y acuclillado ante ella se encontraba Daniel. Su rostro había perdido completamente el color. Sus ojos, la cordura.
Tumbada en el cuarto estaba su hermana de cinco años, Beatriz, con el cráneo abierto, perdiendo sangre y materia gris, rodeada de los trozos de gruesa porcelana que segundos antes formaban el jarrón. Había perdido la vida a manos del asustadizo niño, por una cruel broma.
Sumido completamente en la locura, el niño repetía incesantemente:
“Entra tú”.
Fotografía: Darío Vilas Couselo 2009