LA SOMBRA

 

Por ANABEL AREAL

 

 

Vencido por el cansancio de varias noches sin dormir, caí en mi lecho, sumido en un profundo sueño enmarañado. En él me veía caminando por un sendero oscuro, tan sólo alumbrado por algún haz luminoso, escapado de la luna, que conseguía hacerse un hueco entre la espesura de los árboles. Con mi voz por única compañera, intentaba ahuyentar los pensamientos sombríos, alentándome a continuar el camino. Pero una sensación angustiosa fue creciendo en mi cabeza: presentía que la soledad aparente que me acompañaba no era del todo real.

 

Contrariado, noté caer sobre mi cara las primeras gotas que anuncian la llegada de la tormenta. A medida que avanzaban mis pies en su recorrido, la sensación crecía: a mis espaldas notaba movimientos depredadores, alguien me observaba. Asustado, mi corazón golpeó su caja, intentando avisarme de que había escuchado un susurro, un crujir de ramas quizás. Me giré al momento, aguzando la vista, para intentar captar la silueta del maleante que perturbaba mi paseo nocturno, pero únicamente conseguí atisbar sombras que se deslizaban entre la maleza. Aterrado, apuré el paso, empeñado en llegar a casa y descansar a la lumbre de un buen fuego que me quitase el frío de los huesos y el miedo de las entrañas.

 

Pero cuanto más corría yo más se movían aquellas sombras tras de mi. Ya era una realidad, algo pretendía darme caza, así que sin pensarlo un segundo eché a correr. El viento soplaba con fuerza y la lluvia golpeaba mi cara. Sentía cómo unas garras arañaban mi espalda con la intención de detenerme. La angustia impedía que el oxígeno llegase a mis pulmones, hiriéndome el pecho, y mis piernas se movían describiendo amplios ángulos sobre el terreno, pero no avanzaban. Desesperado, sin dejar de correr, eché un vistazo a aquello que me seguía y les vi. Reptaban a gran velocidad, amparados en la oscuridad, alargando sus brazos con la intención de darme alcance. No pude distinguir en ellos rasgo alguno, salvo las garras mutiladoras que me apuntaban, cada vez más cerca. Lágrimas desesperadas ahogaban mi garganta, las piernas cansadas pedían clemencia… y yo grité, desesperado, temiendo por mi vida.

 

Desperté sobresaltado, enroscado en un nudo de sábanas. La cara mojada por las lágrimas, el cuerpo tembloroso bañado en sudor. Poco a poco, mi corazón consiguió sosegarse, dando un respiro a mis extremidades en tensión. Estaba a buen resguardo, cobijado en mis aposentos y reconfortado por el calor del fuego. Ya repuesto del mal sueño, descansé mientras observaba cómo se consumían las últimas llamas en la chimenea, alumbrando la habitación. Al tiempo que el fuego se apagaba, las sombras crecían, agitándoseme el corazón en el pecho al recordar la pesadilla. Sonreí burlándome de mi mismo, ¡qué niño era!, suspiré confiado. Pero a los pies de mi cama vi cómo algo negro se arrastraba cada vez más cerca, arañando la madera del suelo. El fuego se despedía quemando sus últimos rescoldos; ya casi todo el cuarto era oscuridad. Y en la penumbra podía escuchar las garras soñadas surcando los pies de mi cama. No podía ser, había sido un sueño… Aquello se subió a la cama, elevando en el aire las garras como cuchillos, disfrutando del espectáculo de mi expresión horrorizada. En la chimenea, la lumbre exhaló su último suspiro, desgarré mis cuerdas vocales con un grito…y el cuarto se hizo oscuridad.