MEDIUM

 

Por: Cristina Puig

 

 

― Quisiera contarte algo sobre nuestra familia que posiblemente no olvides jamás. Tú perteneces a ella y creo que al fin y al cabo tienes derecho a saberlo ― Decía María  a Núria, su prima lejana, algo nerviosa.

― El día en que mi bisabuela Valentina murió contaba con 99 años, y algo muy extraño sucedió en nuestra casa. El féretro estaba en el pasillo del piso, junto a la puerta.  La hermana de Valentina, Pilar, estaba arrodillada en el suelo. Lloraba desconsolada junto al ataúd, tocándole la mano derecha. A mí no me dejaban acercarme, decían que era demasiado pequeña aún para ver aquello. Mi abuela Antoni,a que estaba junto a Pilar, me obligaba a alejarme de allí, prefería que la recordara tal como era antaño. Yo estaba segura de que no me daría ningún miedo  o impresión verla, la muerte es algo natural.

De modo que, haciendo caso a mi abuela, opté por alejarme del pasillo y entrar en el cuarto de Valentina, pero, cuando me dirigía hacia la puerta, una gran ménsula de madera que estaba adosada a la pared cayó frente a mí y rompió varias baldosas del suelo. Tuve suerte de que no cayera sobre mi pie. Frente a la ménsula, colgaba de la pared un retrato enmarcado de Valentina que yo miraba. Era una antigua fotografía en blanco y negro donde ella aparecía, vestida a la manera de antaño, con una toquilla en la cabeza y un vestido negro con muchos pliegues y bordados que ceñía su figura. Valentina parecía observarme fijamente. El papel de la fotografía estaba amarillento, la humedad había dejado huella sobre él, al igual los xilófagos, que se habían comido los laterales. El marco dorado estaba picado, y el cristal estaba roto.

Tras el pequeño incidente, entré en la habitación de Valentina. La cama en la que acababa de fallecer estaba deshecha, y todo lo que allí había se conservaba tal como había quedado antes de su muerte. Sobre la mesita de noche: una campanilla dorada con la que avisaba a mi abuela cuando estaba enferma; una antigua fotografía de San Antonio Abad en blanco y negro, unas horquillas; unas tijeritas con las que mi abuela le cortaba las uñas cuando ya no podía valerse por sí misma, y un vaso con agua lleno hasta la mitad que contenía su dentadura en el interior. Al verlo me produjo repulsión y traté de dirigir la vista hacia otro lado. Miré hacia la pared que estaba enfrente de la cama, de ella colgaban varios retratos de comunión de Valentina.

De pronto, las tijeritas de la mesita cayeron al suelo sin más. Nadie las había tirado, yo estaba sola allí. Una sensación incómoda me invadió, noté que alguien, o algo, rozaba mi mano izquierda, pero mi escepticismo me impulsó a pensar que era producto de mi imaginación, que nada había ocurrido. Volví a dirigir inconscientemente la mirada hacia los retratos, y el vaso de agua cayó al suelo, el cristal se hizo añicos y la dentadura se rompió en pedazos.

Pilar, al oír el ruido desde el pasillo, me preguntó si estaba todo bien.  Yo respondí que no ocurría nada.

Fue entonces cuando me di cuenta de que cada vez que miraba el retrato de mi bisabuela algo fuera de lugar sucedía. Era extraño, pero yo no sentía miedo, no creía en aquellas cosas, y si sucedía algo no debía temer, pues era mi bisabuela. ¿Querría decirme algo? ¿Estaría realmente muerta? Al fin y al cabo yo era la única persona que no la había visto muerta. ¿Tendría aquello algo que ver con lo sucedido?

En aquel momento tenía dos opciones: ir corriendo al pasillo a verla antes de que la funeraria se llevara su cuerpo y tal vez todo volvería a la normalidad y no se caerían mas objetos al suelo; o quedarme allí y esperar a ver qué podía ocurrir.

Elegí la segunda opción.  Me senté en el centro de la habitación y, con decisión me puse a mirar de manera desafiante cada uno de los retratos de comunión. Entonces comenzaron a caer solos los objetos de las estanterías: jarrones, un joyero, libros, peluches… Pilar, al oír ruido, me preguntó que ocurría, y si estaba bien. Pero yo estaba tan concentrado en las fotografías que no hice caso. Ella intentó abrir la puerta de la habitación pero no podía. Una extraña fuerza la había bloqueado.

― ¿Estás bien? ¿Qué ocurre? ― Gritaba con insistencia.

Había elegido esperar, y esperaría allí sentada. Necesitaba ver qué sucedía.  De pronto, todos los retratos cayeron al suelo, y también una estantería. Apoyada en el marco de la ventana, una figura espectral me estaba mirando, era Valentina.

Había algo en ella que yo no era capaz de reconocer, una expresión extraña. Tal vez fuese porque era difícil distinguir bien sus rasgos que parecían hechos de niebla.

No sentí ningún temor hasta que la figura comenzó a avanzar y se paró frente a mí. Elevó una mano hasta su ojo derecho y comenzó a estirarse el párpado cada vez con más fuerza, con sus manos blanquinosas, hasta arrancárselo. Bajo el párpado, apareció un gran ojo almendrado de color negro, con un brillo blanquecino en la pupila. A continuación hizo lo mismo con la otra pupila, apareciendo otro ojo igual. Se arrancó la boca y en su lugar apareció una especie de morro prominente semejante al de una serpiente. La abrió y pude ver que estaba plagada de dientes, largos como agujas y muy afilados. De ella salió una lengua viperina negruzca y gelatinosa.  Se me heló la sangre, pensé que iba a devorarme, pero escondió su lengua y continuó despellejándose hasta quitarse toda la piel de la cara, conservando intacta la del cuerpo.  Se arrancó también el  pelo, dejando en su lugar una cabeza achatada repleta de escamas verdosas.

Yo no era capaz de mover ni un músculo o articular palabra. La mujer trató entonces de tocar mi cara con su mano izquierda pero tan solo noté un roce muy frío.

Fue entonces cuando, con una voz irreconocible, grave y tosca dijo:

― Me han convertido en un monstruo. Mi muerte no fue natural como la familia cree. Fue provocada. Estaba dormida cuando alguien me tapó los ojos y me obligó a beber una ponzoña que quemó mi garganta. No pude verlo, tan solo escuchar una respiración entrecortada que no parecía proceder de un ser humano.

>> A partir de aquellos momentos, me convertí de alguna manera en lo que ahora ves, no me dejaron morir en paz. Pensé que tal vez fueron espíritus del mal, pero nunca lo sabré. Serás tu quien lo descubra porque ahora puedes ver  y escuchar a los muertos. Pronto vendrán a ti. No tengas miedo… ― Susurró Valentina, colocando en mi cuello una cadena de plata de la que colgaba un extraño talismán.

Se disponía a tocar de nuevo mi rostro cuando desapareció y Pilar entró en la habitación. Había echado la puerta abajo.

Nuria había quedado boquiabierta al escuchar aquella historia. Contempló entonces el talismán que yo lucía al cuello y salió corriendo de la sala donde estábamos.