Miradas que matan
Autor: Rafa Rubio
Una cara que me mira. Por el modo en el que lo hace diría que siente desprecio por mí. Cierra los ojos y dejo de verla.
En una ocasión pregunté qué sucedía cuando un perro te mordía y te contagiaba la rabia. “Eso no existe en Europa”, me contestaron. La rabia va por dentro, pensé yo. Cierras los ojos, y un halo rancio de desagrado y rencor sube por tu espina dorsal recorriendo cada uno de los conductos nerviosos que salen de ella. Atenaza tu nuca. Y sale disparado con una calma tensa por los orificios nasales. Entonces abres la boca y ruges, en silencio, todo el odio que tienes en tu interior. El odio es un sentimiento muy gratificante cuando te estás deshaciendo de él. Cierras los puños en el instante en que dejas que se escape de tu cuerpo. Entonces abres los ojos y escupes rabia.
Cuando esas dos esferas vidriosas de blanco fondo y detalle esmeralda vuelven a mirarme no siento miedo, pero sé que esta noche no es un buen momento para mí. El latido de mi corazón acelera. Sus pupilas se ensanchan. Un círculo con vida propia que es incapaz de moverse pero que alberga mucho más poder que la palabra sumada a los gestos. Los dedos se estiran y las bocas se mueven, acusan. Pero los ojos son los verdugos del alma, son capaces de destruir a una persona con un solo movimiento, o sin él.
Existe un sonido, molesto y estridente, que castiga mi conciencia. El de un objeto punzante agonizando al contacto con un cristal pulido. Un manto de desesperanza, turbio como la niebla del final de la madrugada, y gris, como el humo que se desprende de la leña húmeda al empezar a quemar, hace acto de presencia en una visita cordial y ficticia de te con limón. El cielo era rojizo con tintes grisáceos la última vez que lo vi.
La gente ya no silva por la calle. Es una tradición que se ha perdido. Es fruto de la implosión de las conductas. Estamos todos locos. Miramos hacia fuera desde muy dentro, y eso es algo que cada vez es más habitual. Antes, tiempo atrás, cuando alguien te obsequiaba con una de esas miradas, pensabas que estaba chalado. En mi calle, cada noche, pasaba uno al que le llamábamos el navajero. Lo hacía cuando era noche entrada y la oscuridad le proporcionaba cobijo. Nosotros éramos pequeños, y cuando lo veíamos aparecer salíamos corriendo a la voz de “el navajero, que viene el navajero”. Él se limitaba a cruzar la calle. Aparecía de la nada y se perdía en el manto negro que daba acceso a las carreteras nuevas. No lo volvíamos a ver hasta la jornada siguiente. Con su chaqueta de cuero marrón, sus tejanos desarraigados y un jersey de lana verde; iba vestido de árbol. Y llevaba una gorra, una de esas de chulo madrileño. Lo llamaban el navajero porque alguien creía haberlo visto, en alguna ocasión, blandiendo una navaja bajo la manga del jersey. Una noche, en la que la oscuridad copaba con especial dedicación las calles, nadie advirtió su aparición. Jugábamos al balón a pesar de estar próxima la madrugada. La pelota cayó rodando cuesta abajo perdiéndose en la densa negrura que daba paso a las carreteras. Yo la seguí y desaparecí arropado por las garras de la nada. Nadie gritó. Yo corrí como alma que lleva el diablo cuesta abajo hasta alcanzar mi objetivo, y después reculé, con igual premura, sobre mis pasos. Estaba tan asustado que no despegué los ojos del suelo hasta que tope con algo. Sólo levanté la cabeza y sus ojos se clavaron en los míos. Me miraba desde adentro, como lo hacen los locos. Me meé encima. Mi rostro tornó en pálida muestra de inmovilidad y mi alma se convirtió en un ente inanimado. No había sonidos. No existía nada. Sólo unas níveas corneas, vestidas de negro, odiándome. Dolidas. Enseguida entendí su dolor, supe que era un dolor sentidamente rencoroso. Inocente, inofensivo pero, no obstante, peligroso. El balón cayó de mis manos y volvió a rodar oscuridad abajo. Él siguió su camino.
Ahora ya lo sé. Hay un cuchillo de carnicero. Lo veo perfectamente. La luz centellea, con pequeños destellos, sobre su hoja, limpia, sobria, atractiva y atrayente. Como una de esas prostitutas que salen en las películas japonesas vestidas de cuero rojo. Pálidas. Maquilladas de carmesí intenso los labios y de sutil caoba los mofletes. Y los ojos con suaves pinceladas de rimel negro, pronunciando su exotismo, adornado sus rasgos oblicuos, sus tercios menguantes. Son incisivas, con sus medias de maya, su consabida falsa condescendencia y su aceptada frialdad. Son las japonesas las prostitutas cuya conducta es la menos ornamentada pero, no obstante, las más deseadas y las más respetadas.
El cuchillo de carnicero me apunta. Y, en un breve gesto, es posado sobre el mármol que hay justo delante de mí. El suspiro se interrumpe cuando aparece un bisturí. Más pequeño pero no menos temible. Se posa en el borde interior de uno de los cuencos de mis ojos. Noto la presión pero no temo, de nada serviría hacerlo. El final parece estar escrito. El corte es preciso, de una perfección magistral, la sangre brota de mi concavidad y resbala por mis mejillas; son como lágrimas viscosas y bermejas. Sujeto el globo en una de mis manos y lo analizo con detenimiento. Todavía causa ese efecto amenazante. Sin demora, pero saboreando el acto, efectúo la extirpación del otro. Y, al momento, ya no veo. Sin embargo, los suyos me siguen mirando. Con esa mezcla de dolor y odio inofensivo. Porque aquella noche, sólo yo entendí que el poder de nuestras manos, que le señalaban, y nuestras bocas, que le acusaban, no es nada comparable con el calvario que puede llegar a producir una mirada, aunque no la mires.