La naturaleza que cuida y protege.

 

Laura López Alfranca

 

 

 

Saqari caminó a través de las raíces golpeándolas con su palo, aburrida de estar sola y triste, odiaba no tener más compañía que el crujir de las hojas secas y la luz verde del sol infiltrándose en los árboles frondosos. Aunque lo tenía prohibido, se acercó hasta las lindes del pueblo donde vivían los adoradores y allí vio a un grupo de chicos de su edad. Se acercó sonriente, esperando que no le arrojasen piedras.

 

-Hola, ¿puedo jugar?

-Es la nieta de la loca borracha -comenzaron a cuchichear riéndose maliciosamente-. Apesta al alcohol que destilan.

-Y dirá que los ángeles son monstruos.

-Vamos a ir a la ciudad, ¿te atreves? Sabemos que a tu abuela no le gusta que vengas allí -preguntó el que parecía el líder y la pequeña se encogió de hombros-. ¡Genial! Hoy van a  escoger a nuevos sacerdotes para el culto, y queremos estar cerca para que nos cojan.

 

Correteó a su lado mientras atravesaban el bosque; todos hablaban e intentaban meterle miedo sobre las ciudades. Su abuela ya le había advertido muchas veces de no acercarse a esos lugares, no sabía por qué, pero no lo hacía… salvo hoy, que después de una discusión con ella, estaba cansada de estar aislada del mundo.

Se contaban como los antiguos desafiaron a los ángeles destruyendo el planeta; y como estos últimos, purificaron el mundo y los salvaron de la decadencia. Saqari guardó silencio sintiéndose incómoda a medida que se acercaban al claro; había algo en esa quietud que no le gustaba y más al ver la intensidad del sol al final de la arboleda, cuya luz se tornaba blanca al no tener hojas por las que pasar. Entonces el esqueleto de piedra y metal recubierto de verde se asomó ante ellos, lo que hizo que temblara como si viera un fantasma o un cadáver descomponiéndose. Al borde del precipicio ya no había vegetación, solo rocas lisas por las que no se podía descender, para eso  estaba el ascensor custodiado día y noche. Los chicos comenzaron a señalar lugares y a mirarlos con un catalejo que se fueron pasando. Al llegar su turno, la niña observó todo con calma, encontrándose que las calles de… asfalto, creía que se llamaba, estaban completamente surcadas por millares de líneas negras, de las que colgaban telas oscuras y sucias.

De pronto, delante de esas líneas apareció un ser hermoso e indescriptible, que caminaba por entre los hilos con gran elegancia. Entonces vio como el pelo se le enganchaba y tiraba de su rostro, mostrando que era una máscara y que debajo, había una costura que atravesaba la barbilla… luego, vio como las mejillas tapaban los ojos y al momento, cuando se recolocó aquella máscara de piel, se encontró que una mirada fría y azul la observaba molesta.

Gritó asustada dejando caer el catalejo, provocando así que todos, menos su líder, le gritaran enfadados; este intentó no darle importancia aunque fuera suyo. La pequeña, aterrada, se levantó y cuando comenzó a alejarse, se chocó contra su abuela, que olía a alcohol y tenía una expresión triste en su rostro. Los niños echaron a correr asustados, al tiempo que Saqari dejaba que la llevase hasta casa. Lloraba sin poder quitarse aquella mirada cruel de la cabeza, se abrazó a la mujer  mientras esta trastabillaba por su embriaguez y le pedía perdón. Ella solo le sonrió, la besó y al llegar a su hogar, la comenzó a bañar. Consiguiendo así que se relajase lo suficiente para hablar con ella.

 

-¿Por qué vivimos lejos de los demás? -inquirió tras un largo silencio. Siempre le preguntaba, pero nunca había recibido una respuesta.

-¿Has mirado a los ojos de los llamados ángeles? -Saqari asintió asustada-. Los demás les adoran, los creen dioses y salvadores… no deseaba que crecieras con esas mentiras que se llevaron a  tus padres -la miró, era la primera vez en años que les nombraba-. Mi niña, aún eres muy pequeña para entenderlo.

-Por favor… aunque no sea lo suficientemente mayor -le rogó triste-. ¿Qué eran esas cosas?

 

La mujer suspiró y mientras acababa de lavarle la cabeza, comenzó a relatárselo.

 

<<Hace unos cuantos años, cuando yo era un poco más pequeña que tú, la humanidad vivía en sitios como el que has visto hoy… salvo que no había naturaleza, pero sí mucha vida humana y electrónica. Habíamos alcanzado un gran poder con las máquinas… pero no son como lo que has visto tú, que son solo poleas y necesitan que el hombre trabaje. Habíamos construido objetos que hacían todo por nosotros.>>

 

-Vaya -dijo Saqari imaginándoselo, debía ser impresionante.

 

<<Pero destruíamos todo a nuestro paso, el mundo iba a morir. Hasta que alguien decidió que debíamos invocar a los ángeles y así lo hicimos… Oh Dios, vaya si lo hicimos.>>

 

Al verla llorar y sollozar, la pequeña abrazó a su abuela, que temblaba asustada, balbuceante.

 

<<Comenzaron con mis padres, les partieron en dos y les cosieron… a ellos y a todos los que consideraron aptos. Cuando morían en la operación, les revivían convirtiéndoles en los monstruos que has visto antes, andróginos y perversos. Los pocos que sobrevivían, se retiraron asustados por haberse convertido en monstruos de la naturaleza… pero no sabían que su momento tendría que llegar.

Los ángeles malvados se dedicaron a levantar esas líneas negras que tú viste… en verdad son espinos tan fuertes como el metal y tan afilados como cuchillas. Se levantaron un día en las ciudades sin que nadie pudiera hacer nada, cobrando vida, atrapando a todas las personas, enganchándolas para luego rodearlas y matarlas con dolor, desangradas. Cuando llegaba la noche, los ángeles salían a arrancarles los ojos y comérselos. Hombres, mujeres, niños… incluso bebés pequeños, todos ellos torturados y asesinados solo porque no pudimos controlar nuestras ansias. Aún recuerdo intentar dormir en aquellos lugares y oír a la gente pidiendo ayuda desesperada. Sus gritos de dolor y la satisfacción de sus atacantes… la sangre impregnándolo todo, ¿puedes verlo mi niña?  ¿Puedes ver el horror que desataron?>>

 

Mientras su abuela corría a coger algún tazón del licor que destilaba, Saqari salía de la bañera para vomitar en el suelo. Era capaz de imaginárselo y ver a la gente desangrada colgando en los espinos como si fueran prendas de ropa para secar, incluso sentía el hedor a muerte impregnando su piel. Con razón la mujer no hacía otra cosa que beber, y ella se había arriesgado a…

Escuchó de pronto como la gente gritaba de felicidad y ambas se miraron.

 

-Por lo que más quieras -le rogó tirando de su nieta para esconderla donde guardaba el licor-. No salgas oigas lo que oigas, ni aunque temas morir… es lo mejor que podría pasarte -aseguró mientras cerraba y atrancaba la puerta-. No quiero que te pase como a tus padres, no quiero que te conviertan en uno de ellos.

 

Con el olfato embotado por los líquidos, los grujidos extraños y la falta de espacio, Saqari comenzó a golpear desesperada la madera deseando salir. Parecía que su abuela estaba dispuesta a matarla pasara lo que pasara. De pronto olió el humo y los gritos de su abuela desesperada, sufriendo.

Luego, escuchó a la gente arrastrando los muebles que ocultaban su prisión y cuando la luz le cegó, la sacaron a rastras. Antes de que pudiera reaccionar, la ataron a una mesa y vio a su pobre abuela quemada, con la piel casi negra y aún así, continuaba viva. A su lado estaba el chico que había visto antes, tan asustado como ella.

 

-¡Mi niña! ¡Los que sobrevivieron nos cuidaron, nos devolvieron la naturaleza y nos sanaron, nos cubrieron de bosques! ¡Vive! ¡Sí aún deseas…! -uno de los atacantes la golpeó dejándola tendida y sollozante.

 

Cuando su vista se lo permitió, vio como varios de esos seres cosidos, mitad hombres y mitad mujeres, le sonreían con crueldad. De pronto sintió un intenso dolor mientras le cortaban en dos, tan fuerte y desgarrador que supo al instante que moriría.

 

 

Mariana había cuidado de su nieta, intentando protegerla de todos, incluso de sus padres. Cuando vio a la mitad menos mutilada levantarse junto la de aquel otro chiquillo, no necesitó ver su expresión ni su mirada para saber que, aunque había escapado cientos de veces de aquellas criaturas, esta vez iba a morir de la peor forma posible. Sollozó, sabiendo que su vida había sido completamente inútil, para luego gritar y verse cegada por el dolor y la pérdida de sus ojos.