PSICOPOMPO
Por Jesús F. Alonso
Tras acabar, me ducho con calma. Después me dirijo a la cocina y pongo un poco de azúcar en un vaso de agua. Vano intento, pues sé que mañana tendré agujetas, pero espero que el remedio casero las atenúe ligeramente. Me visto y me marcho a trabajar, como de costumbre.
En la oficina todo igual. No aguanto a los demás, me miran de modo extraño y juraría que hablan de mí cuando no estoy delante. Pero me da igual, estoy buscando otro trabajo, algo bien lejos. Sin ti, Sara, ya nada me ata a esta ciudad.
Seis de la tarde. Apago el ordenador y me pongo la chaqueta. Apenas recibo una tenue contestación por parte de Carlos cuando me despido del resto de compañeros que pululan por la oficina. He vuelto a comer solo. Bajo a la calle por las escaleras y me acerco al coche, un anodino Twingo de color azul. En el techo se ha posado un pájaro que me mira ladeando la cabeza. Agito la mano y el animal escapa volando. Entro en el vehículo y arranco, suspirando. Tengo ganas de llegar a casa, pegarme otra ducha y tomar una cerveza. Conduzco hasta casa y cuando aparco salgo del coche masajeándome las lumbares. Tengo que ir que el fisioterapeuta me haga un masaje esta semana, maldita lumbalgia. Camino hasta la entrada de mi chalet e introduzco la llave en el portón. Cuando entro en la finca sigo el camino de gravilla hasta el porche delantero y entonces me detengo. Otro pájaro, de la misma especie que el que estaba posado sobre mi coche, pía frente a mí mientras avanza a pequeños saltos hasta donde me encuentro. Sus ojillos negros como el carbón parecen brillar con inteligencia. Es un gorrión. Doy un paso hacia la izquierda y él da un saltito en la misma dirección, como si quisiese interponerse entre la casa y yo. Exasperado doy dos grandes zancadas mientras me agacho y agito los brazos. El animal echa a volar, piando frenéticamente. Juraría que en sus ojos he podido ver cómo me odiaba. Entro en casa y después de ducharme y tomar un bocadillo me voy a dormir. Sueño contigo, como es lógico.
Siete de la mañana. Suena el despertador. Mi primer despertar solo en la cama. Me froto los ojos y miro por la ventana. Dos gorriones me miran fijamente desde el alféizar. Reprimo un escalofrío y me levanto de la cama, acercándome al baño. Ya noto las agujetas, que se han unido a la lumbalgia y han convertido mi cuerpo en un dolor andante. Podría llamar a la oficina y decir que me encuentro enfermo. De todas formas no creo que me echen mucho de menos. Me preparo un café y me siento a ver la tele mientras lo tomo. Oigo pájaros piar fuera de la casa, pero no me asomo a la ventana.
Me despierto sobresaltado. Me he dormido durante los anuncios y ahora echan el concurso ese de la ruleta. Descartado lo de ir a trabajar hoy, y encima recibiré bronca, pues no he avisado. Me desperezo y de inmediato lo lamento, pues las agujetas son más potentes que antes. Me acerco a la nevera y cojo una cerveza, cerciorándome de que haya más. Me pienso pasar todo el día borracho. En varias ocasiones oigo piar a pájaros, pero bebo un trago de cerveza y el sonido parece atenuarse. A las diez de la noche camino a trompicones hasta la cama y me derrumbo sobre ella. Sueño contigo. Estás en una playa y repites una y otra vez una única palabra. Psicopompo.
Once y cuarto de la mañana. Abro un ojo y maldigo a los pájaros. Esta vez son cuatro, y pían al unísono. Abro la ventana y les grito. Alzan el vuelo pero se posan en mi naranjo. Hay más gorriones allí, al igual que sobre el peral. Cuento quince, pero tal vez haya más. Algo raro pasa, eso seguro. Cierro la ventana y me visto con rapidez, alegrándome de que tanto las agujetas como el dolor lumbar se han ido. Quiero salir de casa. Sin embargo no voy a ir a trabajar. De hecho no sé ni siquiera si volveré a la oficina. Tal vez sea el momento de coger la maleta y marcharme.
Camino durante todo el día, sin rumbo, y de vez en cuando oigo piar, y otras veces veo gorriones sobre los edificios, o en la acera, o apostados sobre árboles. Parecen vigilarme. Pego un grito cuando el teléfono móvil suena. ¿Quién me llama durante el horario en el que se supone que estoy en la oficina? Miro la pantalla del teléfono y observo anonadado que son las siete de la tarde. Ha pasado el día sin darme cuenta. No he comido, y ayer creo que tampoco lo hice. Descuelgo la llamada finalmente y escucho la desagradable voz de Laura, tu madre. Me pregunta por ti, dice que hace dos días que no le coges el teléfono. Yo le contesto que te has marchado, colgando a continuación la llamada. Vuelvo a casa, enfadado con todo y con todos. Y sin motivo, solo debería enfadarme contigo y, tal vez, con los gorriones. Me echo a dormir, después de comer una pizza. De las frescas, no de las congeladas.
Diez de la mañana. Me despierto gritando. En la pesadilla los gorriones me rodeaban y saltaban sobre mí. No piaban, pero pronunciaban esa palabra. Psicopompo. Me levanto y suspiro aliviado. Hoy no hay pájaros en el alféizar. Mas mi alivio dura poco, pues los árboles están a rebosar de esos malditos animales. Dos de ellos saltan sobre el jardín. Sobre el lugar donde he enterrado el hacha. Voy a la cocina y me preparo un café, mirando intranquilo el congelador. ¿Debo abrirlo? Finalmente decido que no es necesario, por lo que cojo la taza con la amarga bebida y me la llevo hasta el despacho, donde enciendo el ordenador y me conecto a Internet.
Busco en Google la palabra con la que sueño y me entero de que proviene del latín. Al parecer un psicopompo es un animal que acompaña las almas de los muertos al más allá. Son muchos los animales que pueden ser psicopompos. Uno de ellos es el gorrión.
Pego un grito y por poco me caigo de la silla cuando uno de esos pájaros se posa en mi mano y me mira con malicia. La ventana está abierta y se ha colado por allí. Con la otra mano lo agarro y lo aplasto, notando cómo sus huesecillos se quiebran. El animal suelta un agónico chillido mientras muere. Sus compañeros pían en el exterior de la casa. Son muchos, y el alboroto que producen es ensordecedor. Me parece que están coléricos. Suelto el cadáver del pájaro y contemplo con desagrado que sus heces manchan mi mano. Me acerco a la cocina, dispuesto a tirarlo al cubo de la basura.
El congelador está abierto, y una bolsa de plástico opaca ha caído al suelo desde su interior. Sofocando las náuseas que siento tiro al pájaro a la basura y acto seguido meto de nuevo la bolsa en el congelador. Hay varias como esa dentro, y todas tienen una parte diferente. Corro hasta el baño, pues he perdido la batalla contra mi estómago, y vomito el café, desvaneciéndome a continuación.
Despierto pocos minutos después. Los gorriones siguen piando fuera. Corro por toda la casa, mirando por las ventanas y cerrando las que están abiertas. Todos los árboles de la finca tienen sus ramas llenas de pájaros, y varios de ellos picotean el suelo en el lugar donde enterré las partes tuyas que no entraron en el congelador. Me miran y agitan las alas. Bajo las persianas del salón y me siento en el sillón a oscuras, con la televisión encendida y temblando de miedo.
¿Por qué tenías que hablar tanto con Luis, tu compañero de trabajo? ¿Por qué tenían que brillarte así los ojos cuando hablabas de él? Tú me pertenecías, y en vez de serme fiel tonteabas con otros, así que tuve que darte tu merecido. Dormías cuando me desperté, y sonreías. Algo dentro de mí me dijo que soñabas con él. ¡En mi propia cama, puta! Bajé hasta el garaje y cogí el hacha. Fui compasivo, no llegaste a despertar. Con cuidado te dividí en partes pequeñas y enterré unas pocas en el jardín, junto con el hacha ensangrentado. Otras las guardé en el congelador, en bolsas de supermercado. Quería que parte de ti siguiese conmigo por siempre. Sé que no puede durar mucho, que la policía vendrá, que la hija de puta de tu madre desconfiará y les lanzará a por mí. Pero, sinceramente, los que me preocupan son los pájaros. Después de matarte y dividirte, tras acabar, me duché, y unos minutos más tarde me preparé un poco de agua con azúcar, un remedio contra las agujetas que tendría al día siguiente. Era lógico tener agujetas después de haber estado media hora pegando hachazos a tu cuerpo.
No sé el tiempo que llevo aquí sentado, pero por fin reúno el valor suficiente como para levantarme, ir a la cocina y acercarme al congelador. Está abierto, y parte de mí esperaba que así fuera. Me asomo a su interior y está vacío. No hay bolsas en la cocina, ni con ojos ni sin ellos. Corro de nuevo hasta el sillón que ocupaba hasta hace pocos segundos y me siento en él tras cerrar la puerta del salón. Estoy encerrado, pero los psicopompos no pueden entrar, aunque lo intentan. Les oigo piar y golpean furiosos las persianas.
Según la mitología acompañan a las almas, pero la tuya ya debe haber viajado en el momento en que te maté, así que, ¿qué coño hacen aquí?, me pregunto. Oigo la puerta del salón abrirse lentamente y entonces sé la respuesta. No están aquí por ti, vienen a acompañarme a mí. Tu mano fría se posa en mi nuca y tu boca muerta susurra mi nombre a escasos centímetros de mi oreja derecha.