SACACORCHOS

 

Autor: Anabel Areal

 

 

La sangre resbalaba abundante por la mano, recorriendo ávida la distancia entre la palma y el codo y cayendo en gotas formando un charquito, como si alguien hubiese derramado parte de una copa de vino intencionadamente.

Le había conocido esperando el metro. Intercambiaron miradas, luego un hola tímido. La conversación fue corta:

     -  ¿Esperas el metro?

- Sí.
- ...

Risas nerviosas, mejillas sonrojadas.

- ¿Quieres mi número?

- Bueno...


Y así se llamaron, pocas horas después, y quedaron. Decidieron encontrarse en la boca del metro. Ella se había esmerado arreglándose, vestía falda y blusa ceñida. Incluso tacón, aunque era una tortura. El apareció recién afeitado y oliendo a loción, con atuendo informal y una mochila colgada al hombro.
Se acercaron vacilantes el uno al otro y se saludaron con un casto beso en la mejilla. A ella, él se le parecía a su primer novio, con aquella mirada penetrante.


- ¿Qué haces con eso?- preguntó juguetona, señalando la bolsa.
- Ya ves, no consigo superar mi etapa escolar- respondió en el mismo tono.
- ¿Eres un niño? Porque yo no quedo con niños- Continuó bromeando.

-¡No, no! Es que la uso para llevar libros. Me gusta mucho leer.


Ella propuso ir a su casa, había preparado la cena y tenía una botella de vino excelente, que le apetecía probar. Él pareció entusiasmado con la idea. Así que se pusieron en camino. Les llevó poco, ya que vivía muy cerca de allí.


La mesa ya estaba puesta y ella se dispuso a servir la cena que esperaba en el horno. Mientras, él se ofreció a descorchar el vino. Disfrutaron una velada muy agradable, en la que él alabó su belleza insinuando su deseo, mientras que ella, no dejaba de admirar aquellos ojos que tanto la excitaban.


Al terminar la cena, decidieron sentarse en el sofá disfrutando de una última copa de vino. Abrieron otra botella, sentados el uno muy pegado al otro. Bebieron algunas copas, mientras se reían intentando alargar el momento, en que uno de los dos, se decidiese a dar el primer paso.


Y finalmente, se besaron primero, para acariciarse después. Al principio con disimulo y timidez, luego la ropa parecía molestar. Entonces él paró.

”Tiene novia” pensó ella.

 

- ¿Qué pasa?, ¿algo va mal?, ¿no te gusto?- dijo ella mirándole directamente, aunque insegura.

-¡No, no! Es que te he traído algo. No pienses mal. No quiero que imagines que soy un pervertido. Pero podemos pasárnoslo muy bien.

Cogió su mochila y sacó unas esposas. Ella le sonrió pícaramente y juntó las manos para que se las probase. Pero algo llamó su atención, haciendo que se fijase en la bolsa de aquel extraño de hermosos ojos. Asomaba brillante y aterrador: un cuchillo de carnicero, grande, afilado, obsceno.


Él se dio cuenta de que había descubierto a su amigo oculto, y se abalanzó sobre ella, intentando retenerla. Sin embargo, ella logró saltar y protegerse tras el sofá.

- Eres muy ágil, una de las chicas más ágiles con las que he jugado. ¡Venga, vamos! Te prometo que no te dolerá. ¡Te lo prometo! En cuanto empiece el susto hará que pierdas el conocimiento. Aunque he de reconocer que prefiero cuando gritáis, lloráis y pataleáis, pensando que alguien os va a ayudar. Ven, anda...- rogó sonriendo inocentemente.

Tenía la cara desencajada y los ojos parecían salírsele de las órbitas. Pero aún así eran hermosos, o a ella se lo parecían.


Fue en un segundo. Ella se inclinó hacia un lado, apoyando la mano en el suelo, mientras con la otra cogía el sacacorchos. Él estaba loco, lo sabía, pero le gustaba. Su mirada la impresionaba y tendría lo que quería.


Se acercó lentamente a él, haciendo que éste se confiase y sonriese. Y con un movimiento rápido y certero clavó el sacacorchos en el ojo del individuo. Hizo fuerza con el instrumento, intentando hundirlo lo más posible. Y acto seguido tiró hacia fuera con un movimiento enérgico.


Ella estaba sudorosa y salpicada de sangre. Realmente, la sala entera estaba llena de sangre. Respiraba agitada, con una sonrisa satisfecha en los labios, al tiempo que él gritaba, se retorcía y lloraba con su único ojo, mientras con las manos tapaba la cavidad.

Se dirigió hacia una vitrina, el ojo todavía atravesado por el sacacorchos, en la que había botes de cristal llenos de lo que parecían cerezas. Sin temor alguno mostró el tarro al que había querido ser su agresor. Con la mirada nublada por las lágrimas y respirando agitadamente el chico pudo comprobar que lo que había no eran cerezas de verdad, sino más ojos, muchos, de todos los colores.


- ¡Me gustan!- exclamó con un guiño pícaro y una sonrisa divertida en los labios.