SOMBRAS

Autor: Juan Nadie

 

 

Mientras la luz no se apague estoy a salvo. Pero el maldito interruptor está por fuera. Una falla de diseño en el circuito eléctrico a la que nunca habría dado mayor importancia, pero que ahora puede costarme la vida. De momento no lo han accionado. O no se les ha ocurrido, o no saben como hacerlo. Aunque me temo que tarde o temprano lo harán. No parecen ser demasiado inteligentes, tan sólo malignos, pero al final se darán cuenta. O quizás simplemente les divierta la espera. Tenerme aquí, encerrado y atrapado, sabiendo que estoy en sus manos. Que únicamente es cuestión de tiempo.

Llevo cinco días encerrado en el cuarto de baño de mi propio apartamento. Parecen ya años, como si mi vida se pudiese dividir nítidamente en dos partes, antes y después de verme encerrado entre estos cuatro metros cuadrados de baldosas y azulejos blancos. Apenas he dormido en todo este tiempo, con tan sólo ocasionales cabezadas sentado en la taza del váter. No me atrevo a recostarme en la bañera. Temo que el cansancio me vencería y podría no llegar a despertar nunca más.

Tampoco tengo comida. Hace unas horas, no sé cuantas, el hambre me llevó a engullir medio bote de champú. No fue difícil tragarlo, y el sabor no resultó particularmente desagradable. Pero al poco rato sufrí unas violentas arcadas que me obligaron a vomitar todo el mejunje, una sustancia viscosa y blanquecina mezclada con bilis. Tras la vomitona, el mordisco del hambre se hizo incluso más intenso.

Me siento terriblemente débil.

Al menos no me falta el agua. No se les ha ocurrido cerrar la llave de paso. O quizás no puedan hacerlo. Sus capacidades son limitadas, al menos hasta cierto punto. Bebo hasta que siento el estómago a punto de reventar, pero eso no aplaca el hambre. Por lo menos puedo tirar de la cadena tras evacuar, lo que soluciona el problema de la acumulación de apestosas inmundicias. Claro que hace más de dos días que no doy de vientre; una de las ventajas del hambre: si no comes, no cagas. Incluso me he podido dar un par de duchas rápidas, siempre temeroso de que justo en ese momento algo terrible ocurriese. Pero no ocurre nada. Simplemente me limito a esperar. A esperar que esto acabe de una forma u otra.

Y a escucharlos al otro lado de la puerta. Sus murmullos y sus risas.

Me quedo durante horas mirando el blanco fluorescente del techo; hasta que me duelen los ojos. Mientras la luz esté encendida, estoy a salvo.

La primera vez que los vi ni siquiera fui consciente de ello. Eso vino más tarde, cuando ocurrió todo lo demás que me llevó a acabar sumido en esta pesadilla.

Estaba limpiando el horno de la cocina. Me había mudado al apartamento apenas un par de semanas antes, tras la dolorosa y complicada separación. Un pisito limpio y decente pero espacioso en las afueras, donde pudiera empezar de nuevo, desarrollar plenamente mi nueva vida de soltero. Al principio pensé en contratar una asistenta, pero el divorcio había dejado mis finanzas tambaleándose, así que decidí que, por el momento, sería yo el encargado de la limpieza.

Estaba arrodillado delante del maldito horno cuando, en el interior del cristal de las gafas pude ver el reflejo de algo oscuro y veloz que cruzaba el pasillo, al otro lado de la puerta de la cocina.

Me alcé tan deprisa que me di un tremendo golpe en la coronilla con la encimera. Maldije en voz baja y me froté la cabeza con la palma de la mano, en ese punto en el que pocos minutos después aparecería un bonito chichón.

Me asomé al pasillo. Allí no había nada, como era de esperar.

Sólo fue un reflejo en mis gafas, quizás una gotita del spray limpiador que cayó sobre el cristal y creó un extraño efecto óptico. Al menos eso me dije, pero la siguiente vez que arreglé la cocina tuve buen cuidado de quitarme las gafas antes de limpiar el horno.

La segunda vez, creo, fue aquel día que me desperté muy temprano, justo poco antes del amanecer. Medio dormido y bostezando me incorporé de la cama y atravesé el cuarto en penumbras hasta el baño. Después de echar la consabida meada matutina, volví al dormitorio. Abrí la puerta del armario y, por un fugaz instante, algo se movió en la luna del espejo. Algo detrás de mí.

Con el corazón en la garganta y el pulso a cien, me volví. Justo delante de mí, algo se desplazó entre las sombras del pasillo, al otro lado de la puerta de la habitación. Algo oscuro, más denso que la propia oscuridad del corredor. Un destello de negro sobre negro.

Me adelanté un par de pasos y encendí de un manotazo la luz del dormitorio. Salí al pasillo, fui al comedor, a la cocina. Volví al baño. Encendiendo todas las luces del apartamento en mi deambular. Por supuesto, estaba solo. Pero las manos me temblaron durante un buen rato; tanto que derramé el café del desayuno sobre la encimera de la cocina.

A partir de ese día empecé a dormir mal. Me despertaba varias veces en medio de la noche, víctima de pesadillas que nunca podía recordar, pero de las que surgía helado de frío y sudando a chorros.

Siempre que estaba en casa dejaba la luz del pasillo encendida todo el tiempo. Y cuando me iba a dormir cerraba por dentro, con la llave, la puerta del dormitorio.

Me decía a mí mismo que todo eran tonterías. Que era demasiado mayor para asustarme del hombre del saco y de monstruos bajo la cama. Qué se trataba de la típica pseudo-depresión del divorciado cuarentón que no acaba de hacerse a la idea de volver a vivir solo. Pero cada día echaba más horas en el trabajo, alargándolas con tareas innecesarias en la oficina, yendo a comprar cosas que no necesitaba, viendo películas en el cine que no me interesaban en absoluto. Siempre reacio de volver al apartamento, buscaba cualquier excusa para pasar el menor tiempo posible en casa. Sentía un miedo inconfesable y vergonzoso que trataba de esconder; miedo de que en cualquier momento pudiera volver a ver una de esas sombras fugaces. Ahora lamento no haber hecho más caso a ese miedo. Quizás las cosas serían ahora de otra manera.

Lo que tenía que hacer, me criticaba a mí mismo en largos soliloquios, era salir más. Irme de copas y divertirme. Y tratar de echar un buen polvo, que tampoco me vendría mal. Sólo iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, y eso no era vida.

Así que me decidí y llamé a Elena, una amiga de mi ex-mujer con la que había flirteado en un par de ocasiones en fiestas navideñas. Para mi sorpresa aceptó mi invitación a cenar, aunque puso como condición que fuese en mi apartamento y que yo preparase la cena. La verdad es que hubiese preferido cualquier otro lugar, pero dije que sí.

Se presentó con una botella de vino caro, una nube de perfume de marca y un vestido quizás un poco demasiado corto para una mujer de su edad. Estaba increíblemente deseable. Y ella lo sabía.

Nos saludamos con un par de sonoros besos en las mejillas.

La dejé en el salón-comedor con una copa de vino en la mano y fui a la cocina, para cerciorarme de que la lubina a la sal estaba en su punto. No es que sea un gran cocinero, pero, modestia aparte, cuando me pongo soy capaz de satisfacer al más exquisito paladar. Y si la cena era un éxito, el resto de la noche también podría serlo.

Entonces oí el grito seguido del inconfundible ruido de cristales rotos. Salí de la cocina a toda carrera.

Elena estaba de pié junto a la mesa. Las manos tapándose la boca y los ojos desorbitados. La copa de vino estaba rota en el suelo. El rosado brebaje se había derramado marchándome la alfombra.

―¿Qué ha pasado? ―pregunté.

―He… he visto algo. O alguien. Cruzó el pasillo por delante de la puerta del salón.

Me acerqué a ella y le rodeé los hombros con el brazo. Estaba temblando.

―¿De qué estás hablando? ―dije con una risa que a mis oídos sonó demasiado forzada, demasiado evidentemente falsa.

―Era… era como un niño. Pero negro ―me dijo con el miedo brillándole en las pupilas.

―¿Un niño negro? ¿Pero que tonterías dices, mujer?

―No, no era un niño. Quiero decir… Era una figura, pero pequeña. Como una silueta, como una sombra. Todo de color negro. Fue todo muy rápido. No pude verlo bien.

La aseguré que sólo podían ser imaginaciones suyas, que allí no había nadie más que nosotros dos. Recorrí todo el apartamento haciendo como que buscaba a un posible intruso, encendiendo todas las luces y metiendo mucho ruido para que Elena pudiese oírme bien.

―No hay nadie, Elena. Debe ser que la lámpara del pasillo ha parpadeado un poco, creo que no funciona demasiado bien, y las sombras te han jugado una broma pesada. Eso es todo ―dije de vuelta al salón-comedor con una estúpida sonrisa en mi cara.

Elena se fue calmando poco a poco. Pero el incidente estropeó la velada. La conversación quiso ser intrascendente, pero se volvió pesada, forzada. Poco después de los postres, Elena arguyó que al día siguiente tenía que madrugar y se marchó.

Me quedé fumando un cigarrillo detrás de otro, mirando los restos de la lubina y las dos estúpidas velitas de cena romántica sobre la mesa.

Hasta ahora me había estado convenciendo a mi mismo de que todo era producto de mi imaginación descarriada. La consecuencia de una mala racha en mi vida, el resultado de una soledad forzada. Pero si Elena también lo había visto…

Aunque era pasada media noche, me fui a dormir a un hotel.

Durante unos días, nada ocurrió. Me sumergí en el trabajo con más ahínco que antes, y por algunas horas pude incluso dejar de pensar en que es lo que ocurría en el apartamento cuando las luces estaban apagadas.

Luego vino aquel día que volví a casa muy tarde del trabajo. Abrí la puerta del piso y encendí la luz del pasillo inmediatamente, gesto que ya hacía de forma automática. Iba hacia el cuarto de baño cuando me paré en seco en mitad del pasillo. La puerta del dormitorio estaba abierta de par en par. No recordaba haberla dejado así. La oscuridad del cuarto se derramaba ominosa sobre el corredor, luchando contra la luz eléctrica de la lámpara halógena.

Tragué saliva en seco y me dirigí hacia la habitación. Introduje el brazo en el interior y pulsé el interruptor al lado del marco de la puerta. La luz explotó en la estancia, disipando las sombras. Pero pude ver como algo oscuro acababa de deslizarse bajo la cama.

Víctima de un extraño impulso que aún no acabo de explicarme, con una valentía que todavía me sorprende, me lancé en plancha junto a la cama y metí la mano derecha debajo. Durante unos segundos tanteé bajo las tablas del somier. Sólo noté la lisura del parquet y el toque ligero y suave, como de plumón, que quise pensar eran esas bolas de pelusa que siempre se forman bajo los muebles.

Entonces sentí que algo me agarraba por la muñeca y tiraba de mí con fuerza.

Grité. Mi frente se estrelló con violencia contra el lateral de la cama. Sentí un agudo dolor en la cabeza y todo se esfumó.

Cuando me desperté, todavía estaba tendido en el suelo del dormitorio, de costado. Me incorporé y me quedé sentado sobre la madera. La espalda apoyada en la cama. Estaba mareado y enfermo, como cuando te levantas con resaca. Miré la hora en mi reloj de muñeca y vi que eran las tres de la madrugada. Había estado inconsciente durante varias horas.

Sentía un sordo dolor en la frente, y me llevé la mano derecha a la cabeza para palparme el lugar del golpe. El movimiento se interrumpió a medio camino. Miré el brazo derecho, aquel que había metido bajo la cama, con espanto.

La manga de la camisa estaba desgarrada y manchada de sangre.

Me levanté y me quité la camisa. Cuatro profundos arañazos, desde el codo hasta la muñeca, surcaban la parte interna del brazo.

A la mañana siguiente fui al centro de salud del barrio a que mirasen el brazo, que no había dejado de dolerme en toda la noche. Los bordes de los arañazos aparecían hinchados y amoratados.

La enfermera limpió la herida con desinfectante, la vendó cuidadosamente y me aplicó una inyección antitetánica. A sus preguntas respondí vagamente que me había arañado el gato de una vecina.

―He visto muchos arañazos en mi vida, créame – replicó con el entrecejo fruncido―. Y eso no son arañazos de gato.

Sin embargo, no insistió. Probablemente decidió que si yo no quería contarle la verdad, era mi problema, no el suyo.

Pocos días después empezaron los ruidos. Los oía por la noche. Sonidos de algo que raspaba o se arrastraba. De puertas que crujían al abrirse. Murmullos y susurros incomprensibles. Parecía que se estaban volviendo más osados, más atrevidos. Cuando salía del dormitorio por la mañana, había cosas cambiadas de sitio. Una maceta del salón volcada, una raspadura en la pintura de la pared que el día anterior no estaba. En un par de ocasiones escuché algo que sólo se podría calificar de risas, pero unas risas que no eran emitidas por ninguna garganta humana.

Dormía sentado en la cama, con la luz del techo y la lamparita de noche encendidas. Incluso instalé en el dormitorio un par de lámparas supletorias. Compré una pequeña linterna que siempre llevaba en el bolsillo. Le revisaba las pilas varias veces al día. La luz parecía mantenerlos a raya, pero en la noche, la oscuridad es la dueña de todo.

Decidí mudarme a otro piso. No podía aguantar más el tirarme las noches en vela. Pero no era fácil. Encontrar un nuevo apartamento me tomaría al menos un mes y perdería los dos meses de fianza. Y tampoco me iba a resultar barato. Mis finanzas se pusieron en números rojos. Pensé en irme a un hotel durante ese mes, pero no podía permitírmelo. También pensé en ir a casa de un amigo, pero me avergonzaba el tener que explicar el porqué. Un cuarentón que le tiene miedo a la oscuridad. Era ridículo. Eran todo fantasías infantiles, no dejaba de repetirme. Aunque los arañazos de mi brazo eran reales.

Entonces cometí el mayor error de mi vida.

Por fin había encontrado un nuevo apartamento. Esa sería la última noche que pasase acosado por esas malditas sombras. Llegué temprano a casa y decidí darme un buen baño. Pero el cansancio y la tensión me traicionaron. Me quedé dormido en la bañera.

Me desperté aterido y con la piel completamente arrugada. El agua de la bañera estaba fría.

Miré el reloj y comprobé con espanto que hacía ya varias horas que había anochecido. ¿Dejé las luces encendidas? Fue el único pensamiento que llenó mi mente en ese momento.

Sin molestar en secarme salí de la bañera y abrí la puerta del baño. El apartamento estaba completamente a oscuras.

Entonces los vi, al otro lado del pasillo.

Eran dos, o quizás tres. Eran pequeños, del tamaño de niños, pero no eran niños. Por un momento pude ver el perfil recortado de uno de ellos, a la luz mortecina de las farolas que entraba por una de las ventanas del salón. Los brazos eran largos, demasiado. Y acababan en unas manos de dedos puntiagudos, como si se prolongasen en unas uñas excesivamente crecidas. Se estaban moviendo, pero al abrir la puerta del baño, se quedaron quietos, inmóviles. No había ojos en sus cabezas, ni rasgo alguno en sus negros rostros, pero yo noté cómo me miraban.

Echaron a correr hacia mí.

Con un alarido, cerré la puerta de golpe y eché el pestillo. Me quedé con las palmas de las manos apoyadas con fuerza sobre la lisa madera. El corazón bombeándome desbocado a punto de reventarme el pecho, temblando de los pies a la cabeza.

Desde entonces estoy aquí, atrapado en mi propio cuarto de baño. Famélico y exhausto. Y el maldito interruptor está por fuera, en el pasillo, donde están ellos.

Al segundo, o quizás el tercer día, empezaron a rascar en la puerta, a empujarla. La primera vez que vi el picaporte moverse, la sangre casi se me congeló en las venas. Por fortuna el pestillo aguanta, al menos de momento.

Pero no puedo continuar así. O acabo muriéndome de hambre, o ellos acaban por encontrar el interruptor. Sus murmullos y sus risas al otro lado de la puerta me están volviendo loco. Tengo que hacer algo. Tengo que salir de aquí.

Miro la hora en mi reloj. Es de día, creo. Pero el pasillo no tiene ventanas. Aunque sea de día, estará en penumbras. Sin embargo, no tengo alternativa, no puedo seguir aquí.

Después de mucho pensarlo, me he decidido. A dos metros de la puerta del baño está el interruptor de la lámpara del pasillo. Si salgo como una tromba, en un par de pasos llegaría al interruptor. Podría encender la luz antes de que me atrapen.

Sí, eso haré. Encenderé la luz y esas malditas cosas desaparecerán, se esfumaran. La luz los ahuyenta, los atemoriza. Encenderé la luz y me largaré para siempre de este maldito apartamento. Antes de que el hambre me vuelva demasiado débil.

Con la frente perlada de sudor y temblando, me acerco a la puerta, pongo la mano sobre el picaporte. Con la otra libero el pestillo. A la de tres saldré como una bala hacia el interruptor. Es ahora o nunca.

Uno… dos…

¡Oh Dios! Han apagado la luz.