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FOSCA
Por Carlos Daminsky
Sergio López leía absorto, recostado en la cama, las páginas de una novela titulada; Cementerio de Animales, cuando su concentrada lectura fue truncada... Tiki-tikí, tiki-tikí, tiki-tikí... Era la alarma de su reloj. Las 11:55 de la noche. Inmediatamente se levantó y fue rápido al aseo. Allí se miró en el espejo. «Creo que hoy tengo una pinta aceptable». Dio unos retoques en su ropa y luego fue hasta el balcón, que estaba en la parte trasera de la casa. La noche era cerrada y profunda. Una garganta tenebrosa y hermética. Empezó a sudar. «¡Venga! Tranquilo tío». Después, fue asustado... muy asustado... hacia la esquina que daba a un solar abandonado. Cada paso era dificultoso, como si llevara un lastre. Y ese enorme peso estrangulaba su corazón. Suspiró. Apretó los ojos. Tragó saliva. «Calma, calma». Y después, miró hacia abajo... Sintió pánico al verla ascender por la pared. Le pareció una enorme e hinchada araña negra. Se alejó de la esquina, mientras aquello surgía entre los barrotes de la barandilla, y volvió a entrar. Desde dentro, pudo escuchar los pasos arrastrarse por el balcón. Se aproximaban, lentamente, produciendo espeluznantes ruidos. De repente, pararon y un silencio sepulcral invadió el tétrico ambiente. Sintió mucho frío. Una sensación que congelaba todo su cuerpo... Y algo apareció por el umbral. —Es... Es... Esperanza —balbuceó. Unos gorgojeos horripilantes fueron la contestación. —Hola... eh... Cariño... La sombra se aproximó, caminando desgarbadamente. Sergio retrocedió por el pasillo, mientras miraba sobrecogido cómo le seguía. Al llegar junto a una puerta, se paró. —Pasa, te está esperando —la abrió. Y la tétrica silueta se deslizó hacia dentro. Después, fue a su cuarto y desde allí escuchó atentamente. De la habitación contigua, le llegaban los ruidos del niño. «Parece que está contento». Asustado; se acostó en la cama, tapándose con las sábanas hasta la cabeza Rígido e inmóvil, sumergido en un mar de macabras dudas. Su hijo de pronto calló y el silencio enmudeció el oscuro ambiente. «Oh, sí... Le habrá puesto de nuevo en la cuna y seguro que le ha tapado tiernamente con su manta...». O eso pensaba, porque la verdad no estaba muy seguro. Luego escuchó cómo la puerta se abría y cerraba. De nuevo los pasos arrastrados. Esta vez se dirigían a la habitación. Antaño, el cuarto de matrimonio de ambos.... Respiró entrecortadamente. Sus oídos se agudizaron. Escuchó un sonido ronco y gutural. Después, notó cómo rozaban las sábanas. Se encogió aún más. Algo tocó sus piernas a través de las telas y pataleó histérico. A continuación, los roces se convirtieron en tirones y las mantas fueron arrancadas de golpe del lecho. Quedó destapado. Muerto de miedo. Notó un rancio vaho de aliento próximo a su cara. Trató de cubrirse el rostro con sus manos, pero algo frío las retiró violentamente. Luego, aquello le tocó sus mejillas y él se atrevió a mirar. Fue entonces cuando contempló las manos insepultas de su esposa. Gritó... Y después, fue manoseado y toqueteado... La muerta le desnudó violentamente, desgarrando su ropa y convirtiéndola en harapos. A continuación, ella se le echó encima, con su cuerpo gélido y corrupto. Y sintió de nuevo náuseas, como todas las noches en que su difunta esposa venía a visitarle. A pesar de todo, le era imposible acostumbrase. La boca mortecina le dio un desagradable beso y notó algo que buscaba su lengua, la garganta... Algo que parecía una convulsa y gruesa lombriz. No se resistió. Las manos huesudas de la difunta le palparon el pene y en aquel grotesco momento tuvo una erección. La sensación repelente hacia ella se marchaba para dejar paso a otra más cálida. Excitante. Fosca. Y él pasó también a la oscuridad.
—¡Aaaaaahhhhh! —despertó de golpe. Se incorporó y vio tierra húmeda en su pecho desnudo. Se sintió muy mal. Rodó por la cama, cayó al suelo y tuvo arcadas. ¿Había tenido una pesadilla? No... De repente, un rostro muerto salió de debajo de la cama. Su mirada de ultratumba le cortó en dos. Sergio ni tan siquiera gritó, paralizado por el miedo. La figura cadavérica se puso en pie y luego le invitó a seguirla. Se puso una bata y fue tras ella. Al pasar junto a la puerta abierta del cuarto de su hijo, no escuchó nada. Oscuridad. Percibió un extraño olor que procedía del interior y estuvo a punto de entrar, pero los siniestros gorjeos de su esposa insepulta le reclamaron, y la siguió hasta afuera. Al salir al balcón, unos focos le deslumbraron y se tuvo que tapar los ojos. Después, escuchó el ruido de un motor y a continuación un fuerte golpe. Las luces dejaron de alumbrarle y entonces vio un SEAT 124, con el morro destrozado, suspendido al lado de la barandilla derribada. La puerta del coche se abrió Era la hora de partir. Subió en el asiento de atrás. La conductora era su mujer muerta. Por el retrovisor pudo ver sus ojos amarillentos relucir. El vehículo se puso en marcha y a toda velocidad descendió hasta el suelo. Al tomar tierra, empezó a dar botes y bandazos. Sergio se agarró como pudo. Después, la aceleración fue máxima y entonces lo vio... Grisáceo... Enorme.... Cada ves más enorme. Era el alto muro contra el que se dirigieron irremisiblemente. Sus ojos se desorbitaron momentos antes del brutal impacto.
Salió afuera, arrastrándose. El silencio era pesado. Se dio la vuelta y quedó mirando hacia arriba. En el cielo no había estrellas. Después, contempló el coche que tenía el morro encajado contra el muro. Conmocionado, se palpó el cuerpo. Parecía estar todo bien... o no. Su cabeza estaba machacada, pero a pesar de todo no se sentía mal. Es más, se encontraba como renovado. Se levantó, sacudió la tierra de las manos y dijo: —Gracias cariño.
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