HANAL PIXAN*

 

 Erath Juárez

Relato ganador del Especial Día de Todos los Santos 2009

 

 

 

Estaban todos delante de la fogata. Marcelo, el gordito, Valerio, el de la cara llena de acné, Gervasio, el callado, Gaudencio, el mayor y Emiliano, el más pequeño de todos. Más allá, el abuelo de pie, caminaba de un lado para otro frente a la tienda de campaña.  Adentro de ésta, el altar de muertos que ponían cada año para la celebración.

 

Lo observaban con detenimiento, esperaban que comenzara a contarles una historia de horror, como todos los años, como se había hecho costumbre, la Noche anterior al Hanal Pixan. Nadie se atrevía siquiera a moverse.

 

            —¿Les conté ya, aquél de los niños de San Felipe?

            —¿El del carnicero que hacía embutidos con ellos? Ya, abuelo —contestó el más pequeño de todos.

            —Mmm ¿Qué tal el de la Casa cerca del lago?          

            —Ese también —dijo el joven con cara llena de acné— de vampiros no nos gustan tanto.

            —Este que les voy a decir, seguro no lo saben. Va bien con las fechas.

 

            Se hizo un gran silencio, el viento arreció un poco y la temperatura bajó unos grados más, como si el tiempo estuviera creando la atmósfera para el cuento.

 

            —Estos eran cinco jóvenes, así como ustedes, más o menos. Les encantaba hacer bromas el Día de Muertos. Bueno, eso fue hasta la ocasión que mataron a una pobre anciana de un infarto.

 

Nadie habló, el abuelo los miró como esperando alguna interrupción, pero nadie dijo nada, no se lo sabían.

 

—Tuvieron la ocurrencia de dormir con cloroformo a su gato blanco, llenarlo de pintura roja y colgarlo de la cola frente a la puerta de su casa. Como pueden imaginar, cuando la viejita llegó a su casa y se encontró con eso, se deshizo en llanto. El gato era su única compañía.  Pero eso no fue lo que le causó el infarto.

            —¿Entonces qué fue abuelo?

            —Al otro día, uno de los chicos, quien no pudo con el remordimiento, fue a visitar a la anciana para pedirle disculpas. Tocó a la puerta varias veces hasta que ella por fin salió, todavía lloraba y los ojos los tenía hinchados por tanto llanto. Le explicó que se sentía muy mal por ella, que no había sido su intención hacerle pasar por eso, pero que no tenía que sentirse triste, pues el gato no tenía ni una herida, solo estaba sedado. La anciana se puso como loca, agarró al chico del cuello queriéndolo estrangular. Y lo hubiera logrado de no ser por un vecino que vio la escena y los separó. No paraba de gritar que por su culpa había enterrado vivo a su gato y que se la pagarían. Pero eso no fue lo que le causó el infarto.

 

            El abuelo, hizo una pausa. Miró a su alrededor. A lo lejos se escuchó un aullido, los jóvenes saltaron sobresaltados.

 

            —Sigue abuelo, acaba ya —dijo el gordito.

            —Esa noche cuando la anciana fue a dormir, escuchó ruidos en la ventana. Primero pensó que era las ramas que chocaban contra el vidrio por el viento. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio a su gato, que quería entrar. Su pelo seguía rojo, estaba lleno de tierra, abría su hocico como queriendo maullar, pero se ahogaba con la tierra que le salía por la boca. Lo dejó entrar, lo acarició y este empezó a ronronear y a restregarse en sus pálidas piernas. Pero eso tampoco le provocó el infarto.

            —¿Qué fue abuelo? No seas así, dilo ya.

            —Pues lo que la mató del infarto fue que al amanecer, cuando fue a la cocina cargando a su gato, para darle algo de comer, estaban ahí los cinco jóvenes, tirados en el suelo con rasguños de gato por todas partes, y debajo de ellos un gran charco de sangre.

 

            Todos quedaron sorprendidos con el final, el más pequeño estaba asustado de verdad. Se pusieron de pie y uno a uno se acercó al abuelo, para agradecerle por tan buena historia. Al último, Emiliano.

 

            —Gracias, abuelo. Estuviste genial, como siempre.

            —De nada, ya sabes que me encanta contarles cuentos.

            —¿Vendrás el año que viene?

            —Seguro, si traen lo que más me gusta. Como esos tamales y no se diga el tequilita.

            —Pues hasta entonces, ya va a amanecer.

 

            Y en ese momento el cuerpo del abuelo fue desapareciendo ante los ojos de sus nietos que, como todos los años, celebraban en el panteón el Hanal Pixan.