A LA LUZ DE LA LUNA

Marta Abelló

 

  

 

 

     Aquella noche de agosto me encontraba entre las espesas tinieblas de la mansión Vonderhaguen. El calor era denso, y las paredes oprimían. En el salón principal había luz y entré: una neblina cubría el ambiente. Al asomarme por una de las ventanas ví allá en lo alto a la luna gris, observando. Y como si de una premonición se tratara tuve la certeza de que me observaba con atención desde lo alto de la tormenta que acechaba aquella vieja mansión de la colina. El bosque que rodeaba la finca se agitaba de un lado para otro en un continuo vaivén, al igual que todos los matorrales y arbustos del descuidado jardín que, de vez en cuando, volaban hacia el norte arrancados por el fuerte viento.

     Aquella vivienda del siglo pasado era colosal, y tenía tres torreones que coronaban su magnificencia. Aunque todo su esplendor aparecía sombrío a los ojos de cualquier oportuno visitante, puesto que siempre -aunque fuera claro día- carecía de luz, de una luminosidad que le diera el aspecto acogedor que cualquiera busca en una casa.

     Y yo me hallaba en el salón, que estaba vacío, completamente desocupado sin un sólo objeto que paliara en mí aquella sensación de soledad. Tuve que salir de allí temeroso, volviendo sobre mis pasos hacia el vestíbulo. Me dirigí entonces a la planta superior, ascendiendo por los peldaños de aquella desvencijada escalera que crujían bajo las plantas de mis pies. Encontré otro distribuidor con tres puertas cerradas para descubrir lo que había en ellas. Abrí la de la derecha y ví un cuarto de baño. Cerré. Abrí la segunda puerta y entré en una habitación muy poco lujosa para lo que correspondía en aquella mansión. Sólo había un viejo camastro y un armario que la curiosidad me empujó a ver lo que contenía, pero únicamente hallé un abrigo con las mangas raídas por las polillas, y en uno de sus bolsillos encontré un papel que recuerdo metí en la bolsa de viaje que llevaba colgada al hombro.

     Abandoné esa habitación y me dirigí a la última puerta que me quedaba por abrir en aquella planta, la cual me condujo a las habitaciones del conde Herbert Vonderhaguen: Suntuosos aposentos antaño bellamente iluminados, sobrecargados con profusión de alfombras, muebles y espesos cortinajes, ahora reposaban en la oscuridad de la noche. Me adentré en ellos viendo a través de la cristalera cómo dos nubes ocultaban a la luna mi presencia en el lugar, y volví a sentir temor a ser descubierto.

     De pronto, desaparecieron las nubes, y la luna salió y volvió a atisbar desde lo alto. Y en un segundo, toda su claridad se concentró en el lecho del conde, y pude ver ¡oh, cielos! la horrible muerte del noble aristocrático.

 

     Salí a toda prisa de la mansión Vonderhaguen, y desde el jardín miré a la luna; en el cenit de la tormenta, dominante en todo aquel caos, parecía reirse de mí.

Los caballos de mi carruaje estaban inquietos y levantaban una y otra vez las patas, agitaban también sus cabezas, sus crines, y no cesaban de relinchar.

A la primera sacudida de las riendas salimos a toda velocidad del lugar, descendiendo por las curvas de la escarpada y agreste colina.

     A la mitad del camino me percaté de que había olvidado el equipaje en el vestíbulo de la mansión. Sentí rabia y me tildé de estúpido, pero no tenía otra alternativa: Habían demasiadas cosas de valor en una de mis maletas, y debía regresar a por ellas, a pesar del miedo que atenazaba mi alma. A pesar de que la sóla idea de volver a pisar aquel lugar me sobrecogía.

     Los caballos se negaron a dar media vuelta. Daban coces y protestaban, pero al fin logré que volvieran a recorrer el camino de hacía unos instantes.

     En una de las innumerables curvas se divisaba perfectamente la mansión, tan lóbrega, con los picos de sus torres elevándose hacia el cielo. Ví una luz encendida que correspondía a las habitaciones del conde, y me pregunté qué misteriosa lámpara emanaría aquella claridad. ¿Se trataría tal vez del espíritu errante del noble que se paseaba de un lado al otro de la habitación, vagando por entre los restos de su maldito recuerdo? Pero no tenía porqué preocuparme, sólo entraría en el hall y allí mismo, encontraría mi equipaje y marcharía lo más rápido posible.

 

     Dejé nuevamente la calesa aparcada en el patio, delante de la puerta principal, y antes de entrar dí una vuelta por los alrededores. De nuevo la luna proyectaba sus siniestros rayos sobre mí, haciendo que mi sombra se alargara y encogiera entre los secos zarzales que rodeaban la edificación. Comenzó entonces a llover fuertemente y las gruesas gotas que caían sobre mi cabeza hicieron que me refugiara dentro. Y fue allí, en el vestíbulo, cuando pude fijar mi atención en los lienzos que lo decoraban, que aunque escasamente iluminados, tenían tanta fuerza en su expresión que me sentí atraído hacia ellos y los examiné detenidamente. Una de las obras, enmarcada con arabescos de oro, reproducía un típico paisaje lugareño en la estación invernal. No era nada inusual ni extraña esta pintura, no. Las que me impresionaron fueron las otras dos, que plasmaban la más categórica depravación humana. ¿Quién podía haber pintado aquellos cuadros? ¿Qué mente retorcida era capaz de dibujar aquellas formas extravagantes, sinuosas, de pesadilla infame?

     No sé si sabré describir fielmente lo que advertí en aquellas representaciones; cómo describir los pensamientos de quien podía pintar al óleo los sentimientos más crueles y mundanos de la especie. El caso es, que sólo el recordar esas imágenes me pone a temblar; me desasosiega la frialdad conque fueron concebidas.

 

     Bien podría cortar en este punto el hilo de la narración. Sé que podría hacerlo y librar así al posible lector de las angustias de aquel momento de mi vida, pero me piden que no me detenga, que escriba cuánto sé. Además, mi conciencia solicita liberarse por medio de la pluma de ese recuerdo que tanta carga emocional contiene.

     La insensibilidad de aquellos cuadros se reflejaba en la profundidad de sus sombras, en el relieve que el rostro desencajado del conde mostraba al espectador. Los azules se mezclaban con los negros azabaches, y los grises mates translucían una ruda violencia en torno a aquel único rostro tosco, de expresión fiera, de mirada cruel.

 

     En el momento en que mis dedos se disponían a tocar una de las obras, un relámpago ensordecedor me sobresaltó. El rayo cegó por unos momentos mis sentidos, y en cuanto se restablecieron, el semblante del conde había cambiado, tanto de posición como de perspectiva. Ahora los lienzos no mostraban ya un par de secuencias de lo que debía haber sido el sufrimiento del noble con su cara en primer plano, sino que se podía distinguir claramente cómo tenía un sable alzado en una mano y en la otra, sonriendo con una risa depravada y feroz, sostenía una copa de vino. Y era rojo, como toda la sangre que se podía ver en el cuadro de al lado, en una mórbida escena de horror que me dejó helado.

     La obra de la izquierda situaba al conde en su implacable intención de suicidarse, y la de la derecha, plasmaba la secuencia del momento crucial de su muerte; el instante en que tumbado en su lecho seccionaba su propia cabeza con el arma homicida.

     Me quedé anonadado con aquella visión tan inaudita, y creo que balbuceé algunas palabras, seguramente sin sentido, mientras me acercaba un poco más para captar aún mejor el sentido de aquellas siniestras obras.

Una idea loca me vino a la cabeza, y decidí volver a la habitación del conde que hacía unos minutos había visto con luz.

     Allí, cuál no fue mi sorpresa al encontrarme que el cadáver mutilado y la horrible escena que la rodeaba habían desaparecido como por arte de magia. Me froté los ojos y me dije que aquello era imposible; era materialmente y racionalmente imposible que Herbert Vonderhaguen hubiera desaparecido. Entonces pensé si no me hallaría yo bajo los efectos de alguna droga que hubiera tomado por equivocación, y todas las cosas horrorosas que había visto hasta el momento no serían resultado de un estado delirante, en parte inconsciente, pero delirante al fin y al cabo.

     Deseché esa idea por considerarla absurda, y me concentré en la posibilidad de que hubiera bebido algo inoportuno en la posada del pueblo, Meindanberg. Había estado allí por la tarde, charlando con un tal Klaus Göegeb que me instaba a beber una y otra cerveza. Pero no me emborraché, estoy seguro. Aunque quizás Göegeb puso algo en mi jarra, algún fármaco que produciera alucinaciones como las que tal vez estaba sufriendo yo aquella noche. Sin embargo, la idea no me convenció, pues todo había sido tan vívido, tan real e incluso tangible para mis sentidos... Cómo podía plantearme que lo que acababa de ver en el intervalo de unas pocas horas era totalmente fruto de la imaginación o del desvarío.

     Y en los aposentos del conde todo estaba en calma. Nada turbaba el reposo de aquel ambiente. Pero de pronto, se levantó niebla en la habitación. Una niebla espesa y fría que traía consigo una luz, un espectro: el alma en pena del conde. Alarmado por aquella siniestra visión bajé al piso inferior, agarré mi equipaje con toda la rapidez que me fue posible y salí como una estampida de la mansión.

     No he querido pensar más acerca de quien pudo pintar aquellos cuadros; tal vez lo hiciera la mano invisible del diablo o quizás fuera un rayo de aquella luna que tanto me enfurecía. Quizás enloquecí de tal modo que ví horror en dónde sólo había tinta, tela; y un fantasma en dónde sólo habían brumas.

 

     Ahora quiero olvidar, y acabo de liberar mi mente explicándolo todo y no tengo nada más que añadir. Sé que esta declaración puede ser utilizada en mi contra; y, probablemente, alguien dirá que aparte de ladrón soy un loco, un pobre loco asesino, pero no es cierto. Estoy seguro de lo que ví y no creo, repito, que todo fuera un delirio sin más. Reconozco que pude haber cometido el crimen, es cierto. Pero,¿sólo yo? No olviden a la luna que, llena, dominaba el firmamento...