LAS TIJERAS DE MAMÁ

 

 Erath Juárez

 

 

Juanita agarró las tijeras, primero con temor, luego, teniéndolas en la mano, sintió un calor que le subía hacia el pecho, como si se llenara de poder, sin saber muy bien el por qué, como si tuviera en las manos algo vivo y no una reliquia de más de cien años. Increíble, pensó, parecían nuevas. Le paso un dedo por el filo y se hizo un corte de donde surgió un hilo de sangre que fue dejando que goteara lentamente hasta formar un pequeño charco. Ahora eran de ella y cumpliría con su deber.

Habían sido de su madre y éstas a su vez de su abuela y de la abuela de su abuela hasta quién sabe cuantas generaciones atrás. Se las había dejado en el cuarto de costura, junto a la máquina de coser. A un lado, se encontraba colgado el vestido que debía terminar o, si ella no pudiera, su hija, quien no debía estar enterada de su meta, ni de las tijeras, hasta que Juanita fuera a fallecer. Una semana antes de que encontrara muerta a la anciana, en ese cuarto, seca como la hierba, le llamó por teléfono y los invitó a quedarse con ella un fin de semana.

Le costó trabajo convencer a su esposo y a sus hijos, Carlos y Ariana. Pedro su marido, no se llevaba bien con su madre, pero ya estaba vieja y haría un esfuerzo enorme por complacerla en esa ocasión. La abuela tenía años de no hablarles, ni siquiera los días de fiesta, y así había sido desde que muriera su propia madre ¿Cuánto hacía de aquello, diez años? Les extrañó que de buenas a primeras, los invitara a pasar unos días con ella.

La casa se encontraba cerca del bosque, como a tres horas de la ciudad. La vieja se había negado cientos de veces a venderla, a pesar de que ya le habían ofrecido una jugosa cantidad, suficiente para comprarse una mansión en la ciudad. El camino para llegar ahí tenía más cráteres que la luna, así que todos llegaron adoloridos y cansados por el viaje. Ella, no los recibió, en su lugar hallaron una nota en la puerta donde les pedía que se acomodaran y a Juanita que se reuniera con ella en el cuarto de costura en la planta alta. Así que, mientras los demás desempacaban, Juanita fue a ver a su madre.

Del pie de la escalera contempló la oscuridad de la planta alta. Accionó los apagadores y nada, seguía en tinieblas. Desde ahí le gritó, pero nadie le respondió. Subió los escalones y conforme iba ascendiendo, un olor a podrido se fue haciendo cada vez más fuerte. Al llegar hasta el último peldaño fue que se percató de que al final del pasillo, estaba ella. No habló, con el dedo le hizo una señal para que se acercara.

—Cierra la puerta hija y siéntate a mi lado —escuchó, tan pronto cruzó la puerta.

Al ver a su madre quiso gritar, pero con otra señal, le indicó que no hiciera ruido.

—¡Mamá, qué te ha pasado!

—Escúchame bien lo que tengo que decirte, no he podido terminar lo que mi madre me encomendó, me queda poco tiempo de vida. Es por eso que te pido que seas tú quien termine ese vestido —La vieja señaló hacia un perchero.

Juanita se acercó a observarlo bien. Se notaba que éste había sido hecho por partes. Unos lados se veían más viejos que otros, pero una de las mangas estaba pintada de sangre fresca. Identificó al olor que despedía como el mismo que había sentido al subir las escaleras. Estuvo a punto de vomitar, pero se contuvo al ver el rostro sangrante de su madre.

—Ese pedazo de ahí ¿es el que te hace falta en la cara? ¡Por Dios, Mamá! ¿Te has vuelto loca? ¿Por qué haces esto?

—Porque es mi deber, y ahora será tuyo. Si no quieres que tu familia muera, terminarás.

—¿De qué estas hablando mamá? Estás enferma. Deja que te lleve con el médico para que te cure las heridas y descanses. Tanta soledad te ha hecho daño.

—¿Quieres dejar de decir estupideces? Escúchame y espero que te des cuenta de la magnitud de las cosas. Esto, puede terminar contigo o continuar con tu hija, hasta que este vestido del demonio esté acabado.

—Pero…

—Shhh… ¡Que te calles te digo! Y pon atención que no tengo muchas fuerzas para estar repitiéndolo. Estas tijeras, están malditas. Hace cientos de años, pertenecieron a una costurera del pueblo que ahora es la ciudad donde vives. Nuestro gran antepasado, Don Santiago Ibañez, tuvo la ocurrencia de emborracharse hasta las cachas, y al pasar por la casa de la infortunada mujer, la estupidez de torturarla, violarla y no conforme con eso, cortarle todo lo que pudo con esas tijeras que estás viendo y que parecen nuevas. La abandonó pensando que estaba muerta, sin imaginar que esa muchacha se encargaría de maldecir a todas las mujeres de su descendencia. Lo supo cuando su esposa y su hija aparecieron muertas y desmembradas. Pero lo peor fue el día que le enviaron las tijeras, envueltas en un trapo. Y con los dedos de ellas, la nota de lo que debían hacer para acabar la maldición.

—¿ Y qué pasa si simplemente lo dejas de hacer? —Juanita estaba horrorizada.

—¿Crees que a nadie se le ha ocurrido? ¿Recuerdas a la tía Gertrudis? ¿Sabes por qué mi padre jamás se repuso de su muerte? Porque esas malditas tijeras tienen vida, se encargan de matar a quien sea para que no te olvides jamás de lo que te tienes que ocupar. Puedes tardarte lo que quieras, darle mil vueltas al asunto, como yo lo he hecho. Nadie lo ha podido terminar, cada vez es menos y a ti te queda solo ese pedazo. Eres joven, si empiezas pronto, más posibilidades hay de que lo acabes. Si decides no hacerlo, o tu hijo o tu esposo morirán.

—¿Qué pasa si decido suicidarme?

—Juanita, esto no va a terminar hasta que el vestido esté completo. Es la maldición y si tú decides matarte, las tijeras buscarán la manera de que tu hija continúe, o las hijas de ella o de tu hijo. No serías la primera que lo hiciera. Entiende, si estás viva, si tus hermanos siguen vivos, es porque desde que mi hermana me las pasó, me he cortado, pedazo tras pedazo, para completar ese maldito vestido. Ya no puedo seguir y ahora te aviso, que ya no puedo más, me estoy muriendo y es tu deber. Si de verdad quieres a los tuyos, termínalo.

Tras un largo rato sin que ninguna de las dos hablara, Juanita la abrazó. Le dio un beso en la frente, el único lugar en la cara que no estaba en carne viva.

—Lo haré madre, pero primero debo poner a salvo a mi familia.

—Si lo que quieres es que estén lejos, llévatelos de aquí, pero a salvo, hija, jamás lo estarán…

 

Al otro día, hizo que volvieran a empacar para que se fueran. Pedro, protestó y estuvo a punto de subir a enfrentar a la suegra, no habían venido de tan lejos para que le salieran con eso. Juanita logró convencerlo de que era lo mejor y al final, después de una larga discusión, salieron de regreso a la ciudad. Durante todo el camino, les habló de su madre, de que estaba enferma y que debía regresar para cuidarla. Si acaso un mes, les dijo. De solo imaginar por las que tenía que pasar se le erizó la piel. Pedro, ya más calmado, le hizo una caricia, sin saber que quizá era la última que le haría y eso a ella en vez de gustarle, le provocó otro escalofrío.

 

 

***

 

Primero, hizo un largo corte en la cadera izquierda. Le dolió tanto que se le doblaron las piernas, la sangre corrió por su rodilla e hizo parecer que usaba medias rojas. Se acercó al vestido y empezó a coser el pedazo donde se había quedado su madre. A un lado del perchero su cadáver la miraba con las cuencas vacías. Seca como una pasa, la boca torcida en un rictus de dolor. La piel se le rompió al momento de estar zurciéndola. Ahora tenía que volver a intentar. Esta vez probaría quitándose un trozo de nalga. Al enterrar las tijeras se dio cuenta de que se movían solas, las dejó cortar, mientras éstas hacían un círculo alrededor de la nalga, ella gritaba, con todas sus fuerzas. No pudo con el dolor, se desvaneció.

         Al despertar, las tijeras yacían a un lado de su cara; tenían un gran trozo de carne palpitante. El asco ahora fue más fuerte que el dolor, las arrojó al fondo de la habitación. Se puso de pie y por poco resbala en el charco de sangre donde estaba parada. Como pudo, fue al cuarto donde guardaba sus cosas. Con las sábanas se hizo unas vendas y en el baño encontró pastillas para el dolor y antibióticos. No iba a poder con eso, era algo más allá de lo que pudiera soportar. Pero saber que su esposo o sus hijos pagarían su debilidad la hizo recapacitar. Tenía que acostumbrarse al sufrimiento y entre más pronto mejor. Antes intentaría algo, quizá podría resultar.

         La segunda noche, enterró las tijeras lo más profundo que pudo. Al regresar se encontraban donde siempre, en el cuarto de costura. La tercera noche las tiró en lo más caudaloso del río que pasaba cerca de ahí. Las tijeras siguieron ahí, relucientes, esperando para cortar el siguiente trozo.

         Al día siguiente, cuando terminó de costurar el pedazo de nalga de la primera ocasión, agarró las tijeras e hizo un pequeño corte en la entrepierna y jaló hacia abajo hasta un poco antes del tobillo. Cortó y cosió, cortó y cosió.

         Perdió la noción del tiempo, ya no salía a curarse ni a tomar pastillas para el dolor, le quedaba muy poco, unos quince centímetros calculó. Pero ya no tenía donde cortar, excepto la cara. La piel que se regeneró aún estaba muy sensible, otros lados estaban infectados y supuraban, no quiso cortar de ahí, prefirió la frente. Si estiraba la piel quizá podría cubrir el pedazo que faltaba. Así que hizo el corte debajo de donde empezaba el cabello y siguió el contorno hasta llegar a las cejas y luego hacia el otro lado para obtener un rectángulo. Cosió un extremo y luego estiró lo más que pudo y el vestido se completó. Se quedó un buen rato mirándolo mientras reía como una loca. La sangre le corría por la cara formando una máscara carmesí y a sus pies un charco donde dejó caer las tijeras. Poco a poco fueron fundiéndose y junto con ellas, Juanita, que se le escapaba la vida por todas las heridas.

         Días después, Pedro junto a sus hijos, fueron en busca de su esposa. La hija fue quien encontró los dos cadáveres. Nadie pudo explicar, ni siquiera imaginar, qué había sido lo que las motivó a hacer eso con sus cuerpos.

Años después, Ariana sacó el vestido de piel humana que mantuvo escondido desde que encontrara a su madre y abuela pudriéndose en el cuarto de costura ¿Por qué no se lo dijo a nadie? Fue como si cada centímetro de piel le dijera que tenía que ser suyo. Se lo probó, le quedó a la perfección, no podía explicarlo, pero ahora solo tenía una obsesión, hacerse otro vestido de piel.

        Mientras bailaba y cantaba de alegría, unas tijeras se materializaron en su mano