TROFEOS
Autor: Javier Pellicer

El doctor Morata comenzó a leer las páginas de la libreta. Aunque como psiquiatra había visto todo tipo de degeneraciones, en el transcurso de aquella lectura sintió cómo el estómago se le revolvía como jamás antes:
«Nunca fui como los demás niños de la ciudad de Amalgama, pero hasta los diez años no supe porqué era especial. Supongo que todo se lo debo al abusón del colegio de monjas, Jorge El Porras. Aquel chiquillo siempre había tenido fijación por el delgado y timorato Arturito, como me llamaban por entonces. Retraído, callado y, por supuesto, buen estudiante. Tenía el perfil idóneo para convertirme en centro de todas sus pullas.
Aquel día, el de mi verdadero nacimiento, El Porras y sus secuaces se acercaron a mí con falsas risas, que yo, ingenuo como era por entonces, creí como auténticas. Me sentí importante cuando me ofrecieron formar parte de su pandilla, pero claro, antes tenía que demostrar que lo merecía. Y para ello debía superar una prueba, que no era otra que pasar una hora en el interior del tanatorio del barrio, un lugar protagonista en muchas historias de miedo de la chiquillería. El Porras y los suyos daban por supuesto que no aguantaría ni siquiera diez minutos.
Estuve toda la noche.
El miedo inicial se diluyó casi al instante, cuando comprendí que en aquel lugar no había espíritus errantes ni demonios terribles, como decían los niños del barrio. La Parca estaba demasiado ocupada arrebatando vidas como para deambular por los asépticos pasillos de la morgue, en acecho de un simple chiquillo. Tampoco los muertos se levantaron para estorbarme. En realidad, mientras recorría los corredores, pronto sentí que aquella quietud, que para otros era repulsiva o atemorizante, a mí me tranquilizaba. Me sentí a gusto, me sentí calmado…
Me sentí en casa.
Entré en una de las salas donde se arreglaba a los muertos para estar presentables en el día de su propio funeral. Sin ningún motivo aparente, sentí que mi corazón se aceleraba, pero no por miedo, sino por una creciente curiosidad desconocida antes por mí. Había varios compartimentos en donde se guardaban los cadáveres. Abrí uno de ellos al azar, y sin pensarlo siquiera un momento deslicé la bandeja corredera hasta dejar a la vista, a escasos palmos de mi rostro, el cuerpo sin vida de una mujer. Era una desconocida, una cara anodina con unos rasgos inexpresivos que nada tenían que transmitirme. Sin embargo, me vi cautivo de algún tipo de fascinación inesperada, y sentí vivos deseos de tocar el cadáver. No me reprimí, pues no era nada malo. Rocé los medio congelados músculos del tórax del cuerpo, los pechos caídos, los amoratados labios, la nariz ahora inmóvil… hasta que al fin decidí abrir los párpados de la difunta.
Aquello fue un antes y un después en mi vida. Permanecí largo rato observando los ojos, como embelesado. Sin embargo, la morbosa curiosidad que había germinado en mí no pareció conformarse con tan poco. Los ojos no mostraban más que el blanco del globo, pues la pupila se hallaba oculta hacia el interior de la cabeza. Con la respiración entrecortada, sin atender más que a un ansia incomprensible, comencé a hurgar en el rostro del cadáver. Unos minutos después, tuve en mis manos mi primer par de trofeos, y no podía más que vanagloriarme ante tan preciosos ojos.
Sin saber muy bien cómo ocurrió, todo cambió a partir de aquel momento. Volví un par de veces más al tanatorio, por mi cuenta, sin presiones de El Porras. Pero cuando los encargados de la morgue advirtieron que cada vez eran más los cadáveres que aparecían mutilados, decidieron poner una vigilancia que no pude evadir.
Tuve que conformarme a partir de entonces con menudencias. Por las tardes, después de clase, me iba sólo, con el rifle de perdigones que me había regalado mi abuelo, y me dedicaba a cazar pequeñas aves, y también gatos y perros. No era un sádico obsesionado con la muerte, aquello en realidad me traía sin cuidado, de hecho la mayoría de las veces conseguía mis preciados trofeos con las criaturas aún en vida. Nunca me planteé qué ocurría con ellas una vez yo conseguía mi propósito.
Pronto tuve una gran colección. Cada uno de mis trofeos tenía como destino un acogedor frasquito lleno de formol que compraba en la droguería del barrio. Aquel era mi tesoro, mi posesión más preciada, y los guardé con mimo pues el instinto me decía que mi afición no sería precisamente de la aprobación de la gente; creerían que estoy loco sólo porque no ven lo que yo… la belleza en esos ojos, la hermosura del iris… son diamantes que merecen ser admirados, que deberían estar en un museo. Así que hice el mío propio. Guardaba los frascos en mi habitación, en el fondo del armario ropero, debajo de unas tablas sueltas del suelo de parqué. Todos los días abría el escondrijo para deleitarme con mi magnífica colección, cada vez más numerosa
Llegó el día en que el muestrario se me antojó incompleto. Tenía ojos de todo tipo de animales, pero ya no bastaba, porque no eran suficientemente hermosos. Los animales no tenían alma, y no podía contemplarse la belleza en una ventana que no daba a ningún sitio. Del mismo modo, los ojos conseguidos en el tanatorio, de los que tanto me había vanagloriado, ya no me parecían tan hermosos. Les faltaba el resplandor que sólo la vida otorga.
Ese brillo lo encontré en los ojos de Amanda, Carlos, Trini, Paula, María, Abel y muchos otros. Para entonces ya no era Arturito, sino Arturo, un joven en apariencia cabal y sosegado, introvertido sin duda, pero del que nadie sospechaba nada dado mi aspecto de chico responsable. Sin embargo, me había convertido en un asiduo de los medios de comunicación; El Cuervo, me llamaron, y todos me tenían por un monstruo. ¡Qué sabían ellos!
Supongo, sin embargo, que era inevitable el desenlace. Fue el día en que me encontré con aquella chica de los preciosos ojos verde glauco, en el supermercado. Cuando me miró, la saludé, y ella me devolvió el gesto con una sonrisa inocente. Tienes los ojos más bonitos que he visto nunca, le dije, y mi sinceridad era absoluta. Ella, ingenua y confiada, interpretó mi más que evidente admiración con la coquetería propia de una muchacha. Me ofrecí a ayudarla a llevar su compra hasta su casa, a lo cual ella accedió. Victoria, como así se llamaba, no podía imaginar que mis manos, debajo de las varias bolsas que portaba, sudaban por la excitación que me producía la contemplación de aquellos ojos tan sublimes. A duras penas logré disimular mi respiración para que no pareciera tan agitada. ¡Necesitaba aquellos ojos! ¡Debían ser míos a cualquier precio!
Tanta fue mi desesperación, que por primera vez en mi vida las ansias desbordaron las precauciones que siempre tomaba. En el mismo rellano de su edificio, y sólo tapándole la boca a la chica, obtuve mis mejores trofeos. Un grave error, un muy grave error, pues a pesar de cubrir los gritos de la joven, uno de los vecinos escuchó lo suficiente para asomarse por la puerta y ver la terrible escena.
Escapé, pero descubierta mi identidad, mi detención fue casi inmediata. Durante el interrogatorio no negué ni una sola de las acusaciones de aquel inspector con gafas de pasta negra que me detuvo, no tenía sentido. Estaba orgulloso de mis trofeos, no sería el traidor que escupiera sobre algo que tanto me había costado conseguir. Fui juzgado por el asesinato de veinte personas, con el agravante de ensañamiento y tortura, debido a las mutilaciones provocadas. El imbécil de mi abogado me aconsejó que alegara perturbación mental, pero me negué, por supuesto. Que me encerraran, no me importaba en aquel momento, pero yo no estaba loco, y no concebía que se me tratara como tal. En el mismo juzgado, el gordinflón del juez casi vomitó sobre su propia mesa cuando expuse cómo conseguí cada uno de mis trofeos.
La sentencia fue ejemplar, treinta años por cada víctima, sin posibilidad de reducción de pena ante mi falta de arrepentimiento. De haber sabido lo que iba a acontecer, tal vez habría actuado de otro modo. Aquí, en la cárcel, desde donde escribo mi historia en este diario, me han privado de todos mis tesoros, y de la posibilidad de conseguir otros nuevos. Esta vez sí, siento la demencia planeando sobre mí, y por ello no me extraña que el resto de reclusos, incluso otros asesinos, me teman. Hace una semana no pude resistirlo más. Salté sobre otro preso, y allí mismo, de no haber mediado los carceleros, le habría arrancado con mis propias manos los ojos. Sólo pude dejarle medio colgando uno.
Aquel mismo día me trasladaron a una celda aislada. No voy a tener contacto con nadie más, ni siquiera se me permitirá salir al patio. Los guardias apenas se atreven a entrar en mi celda, incluso la comida me la dejan a través de un ventanuco. Sólo una vez han logrado armarse de valor; ayer, entre no menos de cinco, y protegidos con cascos, me sacaron del cuartucho para lavarme y cambiar mis ropas.
Ahora me paso las horas en un rincón de la habitación, arrodillado, observando mi propio reflejo en la bandeja vacía de la comida, observando mis ojos… mis ojos…”
Pálido hasta la misma raíz de su cabello, Morata dejó la libreta en el camastro de la celda. La escritura terminaba abruptamente, sólo firmada por las gotas de escandaloso rojo sangre.
Sabía, no obstante, cómo acababa la historia, tan sólo precisaba mirar al frente, al cuerpo tendido que los guardias habían encontrado sólo unos minutos antes. Bastaba con advertir lo que aún aferraban las manos del cadáver de Arturo Estrada: un par de ojos, los suyos propios. Se los había arrancado para observar los que tenían que ser sus mejores trofeos.
En lugar de ello no vio más que un rostro destrozado, y sendos agujeros vacíos… sin vida.