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YO, Y EL AUTOBÚS NÚMERO 4
Darío Vilas
- Y luego se la follaron todos los de la fiesta. - ¿Qué dices, tío? - Te lo juro, uno por uno. Debía haber como doce tipos. No sé si podría andar al levantarse esta mañana, la muy puta. - Joder, esa zorra tenía que estar bien colocada. ¿Y la conocemos? - Qué va. No saben ni cómo se llama. Pedro me ha dicho que me la presentará… Ya sabes.
Yo podía escuchar la conversación de los dos adolescentes desde la mesa de al lado, en el Café Las Vegas. “Bien colocada”, pues claro que iba puesta hasta las cejas. Pero lo hice porque me apetecía, jodidos niñatos. Apuré mi café y me levanté de forma brusca, para llamar su atención. La verdad es que todavía me escocían los muslos y la entrepierna después de la juerga de la noche anterior, pero eso no me iba a impedir que buscase un par de muescas más para añadir a mi colección. Los chavales me observaron mientras salía del local, adivinando al instante quien era yo.
En la radio del coche suena “Me and Bobby McGee”, de Janis Joplin. Su voz rota me resulta agradable, placentera, y el corte alegre de la canción me hace pensar que hay cosas buenas en la vida, sensación completamente irreal si tenemos en cuenta cómo acabó sus días aquella mujer de rasgos poco agraciados que vestía como una pordiosera y gritaba por la libertad individual a pie de micro. Pienso en lo poética que puede resultar la muerte por sobredosis en una estrella de rock, pero de haber sido yo la gente diría que me lo merecía, por puta y por colgada. “Ella se lo ha buscado”, sentenciarían. No, no me convertiría en un mito, tan sólo en la putilla a la que todos se tiraban y que siempre iba hasta arriba de coca. Conduzco rápido, adelantando por el carril contrario, tentando a la misma suerte que siempre me ha dado la espalda, como si fuese inmune a todo peligro. Me vais a comer el coño, uno detrás de otro, porque sois mis puñeteros juguetes. Inmensos montes de mierda, que seguís pensando que sois muy hombres. No, jodidos desgraciados, yo soy mucha mujer, y todos vosotros juntos no alcanzáis a satisfacerme.
“C’mon, where is Bobby now, where is Bobby McGee”*, se pregunta Janis, la perfecta yonqui de mami y papi, la toxicómana que todos querríamos tener por hija, la que te garantiza el futuro en forma de millonarios derechos de autor. Sí zorra, búscalo, busca al puto Bobby McGee, te aseguro que no está, que te habrá dejado por alguna otra fulana, una de esas que son recomendables para casarse y criar a los niños cuando ya se han cansado de que se la chupes como una jodida geisha. Ni tú ni yo somos de las que quieren tener enganchadas del brazo cuando llegue el momento de los paseos de domingo por la alameda, los viajes del club de jubilados y las visitas de los nietos por navidad. Claro que no, tú ya estás muerta, y a mí me mataron hace mucho tiempo, me encerraron en aquel ataúd metálico de mierda y me arrebataron cualquier vestigio de existencia feliz en el momento en que empezaba a conocer el mundo, a disfrutar de la vida.
Quince años, tenía quince malditos años cuando aquel cabrón decidió que quería desahogar conmigo las frustraciones de su asquerosa vida. “Esta es la última parada” me dijo, mientras se aseguraba de que todas las puertas del autobús estaban cerradas. Y yo, ingenua niñita estúpida, le pregunto dónde puedo coger otro que me lleve al centro, que no voy a llegar al cine, donde he quedado con Tomás, mi primer y último novio. “Ahora no vas a ninguna parte bonita, que tienes que hacerme un favor”, graznó el seboso cincuentón, conocido conductor del autobús de línea número 4, respetado esposo y padre de familia al que todos apoyaron cuando la zorra adolescente, que me hicieron creer que era, le denunció. Me empujó contra el asiento y se apretó contra mí, sudoroso y babeante, mientras palpaba mis pechos como si le fuese la vida en ello, como si dos manos no le bastasen para satisfacer su perversión. Comencé a gritar, pero el hijo de puta sabía bien a dónde tenía que llevarme. Podría pegar alaridos hasta reventar y nadie me escucharía, así que decidí dejarle hacer, esperando que la grasa que obstruía sus arterias taponase también su polla y se cansase de restregarse. O que se corriese antes de llegar a penetrarme, como Tomás la primera vez que jugamos a meternos mano en el cine del centro comercial. El pobre estaba muerto de la vergüenza, y yo me sentía toda una mujer por haber provocado esa mancha en su pantalón que le obligó a anudarse la sudadera para volver a casa sin que nadie viese el resultado de su fervor pubescente. Pero no fue así. Pudo una, dos y tres veces. Me mancilló con un vigor que ni él mismo sabía que tenía, con la urgencia del hombre de las cavernas que hay encerrado dentro de todos esos señores respetados en la comunidad a los que sus mujeres no dejan que les pongan una mano encima desde hace meses. Y yo quieta, muerta del dolor y la vergüenza. Muerta.
La canción termina, dando paso a una mierda monumental de grupo diseñado por ejecutivos de algún programa de televisión. Y en el carril contrario, casi al límite que me permite mi privilegiada vista, veo un autobús de línea. El número 4. Conduce un muchacho de poco más de veinte años. Lo último que pienso, mientras salgo de mi fila de coches y piso a fondo el acelerador, es si me lo habré tirado la noche anterior, en la fiesta. Quizás sea su hijo.
“Nothing don’t mean nothing honey if it ain’t free, now now.”** Ahora seré libre, junto a ti, amiga. Tú y yo. Y el puto Bobby McGee, por supuesto.
Dios, cómo deseo que sea su hijo.
* Vamos, dónde está ahora Bobby dónde está Bobby McGee
** Nada no significa nada, cariño, si no se es libre, ahora ahora
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